PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Sensaciones de oro

PLATA repujada, sensaciones de oro. Mi generación vivió otro agosto de hace 24 años una madrugada iniciática siendo partícipes de cómo por vez primera una docena de españoles poco saltarines y musculados se medía y compartía podio con los gigantes del baloncesto, encabezados por un universitario llamado Michael Jordan. Aquello fue la mayor inyección de autoestima que el deporte le aportaba a la sociedad desde el advenimiento de la democracia. Aún estábamos fuera de la Comunidad Económica Europea y los complejos nos lastraban. En la amanecida de ayer estuvimos a pique de un repique excepcional. De nuevo gracias al ba-lon-ces-to. De Los Ángeles a Pekín, midan la formidable evolución de una selección y de todo un país dentro y fuera de las canchas. En nuestra primera final olímpica, por momentos éramos figuras decorativas bajo los aros. En la segunda, sólo nos faltó Calderón y un arbitraje justo para jugarnos el oro a cara y cruz en el último minuto contra la fabulosa NBA.

A mi generación se le unieron ayer otras más jóvenes para vivir una mañana de domingo que queda grabada en nuestro imaginario colectivo mucho mejor que en los deuvedés. El cúmulo de sensaciones de oro que nos deparó es un complejo vitamínico que su médico de cabecera le recetará para que salga de casa cada día con mentalidad ganadora, aunque tenga delante la crisis económica, la catástrofe de Barajas, las bombas de ETA y el ventajismo catalán. El apagón del pebetero olímpico preludia la depresión posvacacional, el mundo volverá a ser un pozo de lágrimas, China una muralla a las libertades y el amor un aval que los bancos no aceptan. Pero cuando sienta desánimo, pida tiempo muerto y vuele como Rudy, drible como Navarro, machaque como Pau Gasol, defienda como Jiménez, luche como Felipe Reyes, tenga el descaro de Ricky Rubio. Y sea feliz por fundamentos y por bemoles.

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