Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Sergio Ramos, o la inoportunidad

Declarar en vísperas de un gran evento que ya es hora de dar la cara deja en mal lugar a sus antecesores

AGOTADA parecía estar nuestra capacidad de sorpresa cuando me desayunaba ayer con una confesión inaudita. Decía el formidable ejemplo de futbolista racial que es Sergio Ramos que en esta Eurocopa ya sería hora de que "diésemos la cara". Se desprende de esas manifestaciones que hasta este momento, las decenas de futbolistas que han defendido los colores nacionales en Mundiales y Eurocopas no la dieron. Un jardín gratuito el que ha hollado el camero por lo que tiene de acusación, posiblemente involuntaria, seguro que involuntaria, pero acusación grave y no velada por cierto, sino tajante y tronante.

En este tiempo de vísperas hay que tener mucho cuidado con los jardines gratuitos porque para lo único que sirven es para emponzoñar el ambiente. Y de esos emponzoñamientos inoportunos tenemos, en este fútbol nuestro, innumerables episodios. Ese "ya es hora de que demos la cara" suena fatal en boca de un futbolista que se caracteriza, precisamente, por ir de frente, por no esconderse jamás y por dar siempre en el campo la última gota de sudor. Todo eso deja en muy desairado lugar a los muchos futbolistas españoles que defendieron La Roja en doce Mundiales y siete Eurocopas para el triste bagaje de un título que casi ningún actualmente vivo vivió.

Estoy convencido de que la cara se dio siempre, o casi siempre, o en la inmensa mayoría de las veces en que era requerida y que la causa del pobre palmarés que lucimos no fue por eso sino por circunstancias muy diversas entre las que ocuparía un lugar insignificante la actitud. La aptitud sí pudo ser determinante, como quizá lo fuesen la desunión o la falta de un estímulo sentimental causada por tantas Españas como caben en esta España nuestra. Lo de dar la cara al fin es una declaración de intenciones inoportuna por lo que de desaire significa para las generaciones anteriores, todas ésas que labraron el pobrísimo palmarés que almacenamos.

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