Carlos Mármol

"No creo que Sevilla tenga más alma que Albacete, por poner un caso"

El creador de la mítica Renacimiento, editorial e inmensa librería de viejo, única en su género en España, elogia la indiferencia con la que vive en Sevilla en vísperas de la salida de su primer poemario en 20 años

PUEDE existir algo que sea más impertinente que un cuestionario? Quizás, un periodista. Abelardo Linares sugiere que hagamos la entrevista por escrito. ¿Alguna mala experiencia anterior? ¿Miedo a ser demasiado franco? ¿Temor a tener un arranque de sinceridad? Igual da. Lo importante no es el método, sino saber cuál es su particular visión de la ciudad donde nació en 1952.

-¿Alguien que en Sevilla decide decir lo que piensa es un impertinente, un inconsciente o sencillamente alguien sincero?

-Puede ser todas esas cosas o ninguna, aparte de otras muchas cosas más. El principal reto a la hora de decir uno lo que piensa no es tanto el decir sino el pensar, tener realmente un pensamiento, una opinión formada. Yo tengo poco que opinar. Mi relación con Sevilla ha sido siempre poco conflictiva, lo que no es mérito mío sino de la ciudad y de su casi infinita capacidad de indiferencia. Sevilla es una ciudad en la que ni el amor ni el odio podrán ahogar jamás a nadie, lo que no es poco. Por eso creo que aquí se puede decir lo que uno piensa, si es que uno piensa algo, sin temor alguno.

-¿No tiene coste ser sincero?

-En general, y dejando aparte que tan sincero puede ser el piropo como la queja, yo diría que ninguno. Por suerte. Los sevillanos pueden ser muy sevillanistas pero no son nacionalistas. Sevilla sigue siendo una ciudad un tanto ensimismada pero, a la vez, es muy abierta.

-¿Se siente ignorado?

-Para nada. Lo de sentirse ignorado debe pasarles a los egos grandes y robustos. Yo, como casi todo el mundo, en realidad he pasado desapercibido y estoy muy a gusto. Para mis libros me hubiera gustado más atención, es decir, más lectores; pero no para mí. Un editor no tiene por qué ser un personaje público por publicar.

-¿Cómo ve a la ciudad? ¿Cree que Sevilla avanza o, por el contrario, sigue recreándose eternamente en sus mitos de siempre?

-Ha habido épocas en que Sevilla ha estado estancada, pero ésta no es una de ellas. Todo lo que Sevilla ha cambiado en los últimos cuarenta años es visible y manifiesto. Me basta recordar la Sevilla de mi infancia y compararla con la de hoy. En muchos casos Sevilla, como ciudad, ha mejorado, o lo que es lo mismo, ha cambiado sin dejar de ser ella misma; en otros, simplemente ha cambiado. Claro que para mi gusto una ciudad con el peso milenario de Sevilla tiene el deber de intentar adecuar la actualidad a su historia, antes que adecuar su historia a la mera actualidad, aunque imagino que no será facil acertar siempre; hacer o no hacer lo que conviene. En todo caso, el hecho de avanzar por avanzar, sin saber del todo a dónde se va, casi a ciegas, más que un mérito puede ser un peligro. Sobre todo dada la cantidad de precipicios municipales que hay.

-¿Cómo afectan los viejos mitos hispalenses a la imagen de la ciudad? ¿Considera que la benefician o, por el contrario, en cierto sentido la perjudican?

-En mi opinión los pequeños mitos de Sevilla ni benefician ni perjudican a la ciudad, simplemente la acompañan. En pequeñas dosis son absolutamente inocuos, igual que la mala literatura.

-¿Cómo es el alma de Sevilla?

-Lo del alma de Sevilla no es sino una licencia poética. No creo que Sevilla tenga más alma que Albacete, por poner un caso. Sencillamente es una ciudad con más historia. Lo que sí tiene es personalidad. Sevilla sigue siendo Sevilla pese a todo lo que se fue destruyendo en las décadas del 60 y 70 y pese a todo lo que se ha ido construyendo e inventando en los últimos años. Pero eso quienes mejor lo perciben son los visitantes de paso, los turistas. Para unos ojos nuevos y, por tanto algo ingenuos, Sevilla es una ciudad incomparable con cualquier otra.

-¿Por qué se hizo editor y librero? Hábleme de esa decisión que ha marcado toda su vida.

-La verdad es que me hice librero de viejo para poder leer, porque me gustaba leer y me pareció el mejor modo de vivir de algo y hacerme de paso con una buena biblioteca. Lo uno me llevó a lo otro, y me hice también editor para defender mejor una cierta forma de entender la literatura.

-¿Por qué en Sevilla la edición literaria es tan minoritaria? ¿Por qué no ha llegado a cuajar el sector del libro en el Sur existiendo tanta potencialidad literaria?

-Sevilla fue la capital del libro español en el siglo XVI gracias al mercado americano y hubo entre nosotros grandes impresores y libreros. Hasta el último tercio del siglo XIX seguía habiendo buenas imprentas y se siguieron editando muchos libros importantes. Con la Restauración empezaron las grandes casas editoriales de Madrid y Barcelona y desapareció la edición de la ciudad hasta hace más o menos 30 años, en que empezó a renacer en Sevilla, y en toda Andalucía, un pequeño mundo editorial. Ahora mismo existen en nuestra región más de un centenar de editoriales privadas, pero falta sobre todo capital para competir con los grandes conglomerados mediáticos que dominan eso que se llama mercado. La responsabilidad, que no la culpa, es sobre todo de los propios editores, demasiado pequeños para luchar con los depredadores de la sabana libresca. Alguna responsabilidad creo le cabe también a nuestros gobernantes. La Junta (aparte de diputaciones, ayuntamientos, etcétera) ha generado, a través de sus consejerías y organismos intermedios, gran cantidad de publicaciones, tan onerosas como inútiles, por lo general más destinadas a los almacenes que al lector. Lo que implica una injusta competencia, e incluso un agravio, al emergente mundo editorial andaluz; sobre todo ahora que han sido suprimidas las llamadas ayudas al libro, consistentes en compras a los editores de ejemplares para su distribución en las bibliotecas públicas. La desaparición de las ayudas, a pesar del teórico o retórico Pacto por el libro, no sólo suponen un peligro cierto para el aún débil sector editorial andaluz, sino que dinamitan, deshaciéndola, toda la buena labor realizada por la Consejería de Cultura en las dos últimas décadas. El Gobierno andaluz ha llevado a cabo con el flamenco una política cultural que bien podría llamarse de Estado por lo decidido de su apoyo. La defensa y la ayuda al sector editorial debiera ser también, y creo que en no menor medida, una política de Estado de carácter estratégico por su relevancia cultural y por sus inmensas posibilidades de futuro.

-¿Cree que existe una literatura sevillana o una literatura que explique suficientemente a Sevilla?

-Dada su riqueza, puede decirse que existe una literatura sevillana, aunque la mejor literatura sevillana es sencillamente literatura, sin más adjetivos. En realidad sería mejor hablar de una escuela sevillana, sobre todo en poesía. La más alta poesía sevillana, como la andaluza, tiene una especial característica: está siempre vivificada por la influencia de lo popular, por muy culta que sea. Esto vale tanto para Bécquer como para Manuel Machado, Luis Cernuda, Rafael Montesinos, Aquilino Duque o Javier Salvago. De lo que no estoy tan seguro es de que haya una literatura sevillana que explique a Sevilla, aunque sí existen algunos ensayos de interpretación de la ciudad muy relevantes, como La Ciudad de la Gracia, de José María Izquierdo; La Ciudad, de Manuel Chaves Nogales o Discurso de la mentira, de Joaquín Romero Murube. A ellos habría que añadir algunos libros, entre memorialísticos y poéticos, como Ocnos de Luis Cernuda o La Sevilla del buen recuerdo de Rafael Laffon.

-¿Cómo calificaría el nivel cultural de Sevilla? ¿Considera que es una ciudad culta o sus muestras culturales tan sólo son fruto de esfuerzos individuales?

-Sevilla es una ciudad de individualidades. A lo largo de los siglos ha dado un sorprendente número de gente valiosa en casi todos los órdenes. Pero los que han destacado más casi siempre lo han hecho a título personal. Han sido, por así decirlo, menos producto del ambiente que de la voluntad. Y destacaron generalmente fuera.

-¿El cierre de 'Renacimiento', su revista de literatura, responde a la falta de interés por la poesía en Sevilla o sencillamente es una mera cuestión económica?

-De la revista Renacimiento nunca se vendieron en Sevilla más de 10 ó 15 ejemplares. En proporción, más o menos, como en el resto de España. Seguramente la época de las revistas literarias y de poesía ha pasado, como pasó la época de las tragedias en cinco actos y en verso. En cuanto a la desaparición de las subvenciones, sin duda esto es algo que ha pesado.

-¿Ser editor, como decía Larra de escribir en España, es llorar? ¿Está la literatura de calidad condenada a ser cosa de minorías?

-Editar en Sevilla es también editar, en realidad, para cuatrocientos millones de hispanoablantes. Si después vendo apenas trescientos ejemplares de los libros que edito no creo que sea culpa de Sevilla, de España o de los cuatrocientos millones, sino mía. No hay razón alguna para quejarse de lo que uno hace a gusto y por gusto. Además, lo que de verdad importa no se mide nunca por su triunfo o su fracaso.

-¿Sevilla es capaz de soportar bien la heterodoxia?

-En lo que respecta a Sevilla, para mí no hay ortodoxia. No existe una única y recta manera de ser sevillano, sino mil sevillanías distintas que se yuxtaponen e ignoran, lo que tiene sus ventajas. La principal es que sin ortodoxia no hay herejes. Gracias a eso, hoy en día Blanco White y Cernuda no son gente extraña sino dos de los nuestros.

-La historia de Sevilla está llena de ilustres exiliados. ¿Es fruto de la historia o una consecuencia de la forma de ser de la ciudad?

-Blanco White y Cernuda se exiliaron de España. De Sevilla sólo se fueron. Por lo demás, como otra mucha gente. Aunque no se hubieran exiliado, casi seguro que se hubieran ido, de todos modos, a cumplir su destino en otra parte.

-Usted también se marcha con cierta frecuencia, aunque vuelve. Suele viajar mucho a América.

-Para la mayoría de los españoles la América hispana hace mucho que dejó de ser un Nuevo Mundo. Ya es sólo otro mundo más, en su sentido de lejanía y extrañeza. Para mí, por razones personales y porque he estado por allí más de un centenar de veces, América está siempre muy cerca.

-¿Encuentra allí algo de la Sevilla histórica que, paradójicamente, en la propia ciudad ya se ha perdido? ¿Encuentra allí algo que aquí existía y se ha evaporado?

-Ya va quedando poco porque la historia no es sino un demorado naufragio, pero sí, hay algo de lo que fue Andalucía y de lo que fuimos o somos los andaluces que aún pervive allí. Son pequeños restos, casi innumerables y siempre sorprendentes y emocionantes en su reconocible cercanía.

-¿Cómo financió la compra de la famosa librería que Eliseo Torres tenía en Nueva York?

-Hay cosas que no se pagan con dinero. Fue un golpe de suerte. Convencí a los herederos de Eliseo Torres de que ningún librero les compraría al contado su millón de libros, por cuestiones económicas y logísticas, y de que cualquier otra opción era mucho más arriesgada. Les ofrecí una cifra a pagar en un año. Me traslade a Nueva York, me alquile un apartamento, dirigí la librería y fui haciendo pagos mensuales. Cuando se llegara a la cantidad previamente acordada se cancelaba la operación y serían míos los libros restantes. "¿Y si usted no nos lo paga todo?", me preguntó con cierta desconfianza la viuda. "Pues, entonces no me llevaré ningún libro y habré trabajado gratis para usted un año entero. No tiene nada que perder". Mi respuesta debió satisfacerle porque un par de días más tarde firmamos el acuerdo en el notario. Cuando ella falleció, tres meses después, los hijos intentaron inutilmente deshacer la operación. Ese año, 1995, vendí 150.000 libros, con los que pagué la compra, dejé allí 50.000 ejemplares inservibles por ser de texto y me traje unos 800.000, algo más de 250 toneladas, que deposité en una nave industrial cerca de Sevilla.

-¿No se ha vuelto la literatura demasiado comercial?

-Siempre ha habido literatura comercial. Lo que pasa es que los grandes grupos mediáticos propician la confusión entre la gran literatura, es decir, la literatura a secas, y la literatura de consumo. Si una novela se vende mucho recibe tratamiento de gran literatura, del mismo modo que si se vende muy poco, por muy buena que sea, lo normal es que no reciba tratamiento y que no se hable de ella en ninguna revista ni suplemento cultural, ni quieran aceptarla como novedad las cadenas de librerías. Por poner un ejemplo: El Caballero Audaz fue en los años veinte y treinta un periodista muy conocido y novelista popular que vendía docenas de miles de ejemplares de sus novelas, algunas de las cuales fueron llevadas al cine. El Caballero Audaz vendía mucho, pero era sólo un novelista popular, aunque vendiera más que Gabriel Miró, Perez de Ayala o Unamuno. Sus obras jamás se reseñaban en la Revista de Occidente o en La Gaceta literaria. Nunca recibió otra recompensa que sus dividendos editoriales. Hoy le pasa eso a Pérez Reverte, estimable periodista y popularísimo novelista, aunque mediano escritor; mucho menor, por ejemplo, que el olvidado Rafael Sabatini, que sí fue un excelente novelista de aventuras. Pérez Reverte, aparte de vender muchos libros y de que, como es natural en el mercado, sus novelas sean llevadas al cine, es profusamente elogiado en todos los suplementos culturales, especialmente en el más importante del país, que pertenece al mismo grupo mediático que publica todas sus novelas. Es académico y le merece crédito al Ministerio de Cultura y al Instituto Cervantes. En el pasado una cosa era el exito comercial y otra distinta la calidad. Y los escritores, de poder elegir, elegían siempre lo segundo. Hoy el mercado ocupa casi todo el espacio; la literatura parece arrinconada. Pero no creo que vaya a estarlo siempre. Siempre nos quedará internet.

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