La Sevilla del guiri

El Sevillano

Ami primer hijo le llaman el Sevillano. Le puso el apodo una mujer mayor del bloque de mis suegros. Llevo al Sevillano a casa de mis suegros casi cada día. Los abuelos tienen más de 80 años. No están muy bien de salud, pero los dos olvidan sus problemas mientras esté allí el Sevillano.

A veces pienso que, aunque no haga más una cosa buena en su vida, aún habrá hecho mucho con su presencia en la vida de mis suegros durante esta etapa tan dura. Su abuela le llama "lo más grande de mi casa," o "el niño de mi alma" y ya le ha enseñado a tocar las palmas, y a abrir y a mover un abanico, y a dar besitos a una foto de Santa Ángela de la Cruz.

La mujer que puso el nombre a mi hijo tampoco está muy bien de salud. Cada tarde de verano su hija la llevaba a tomar el fresco debajo del bloque, donde se reunían hasta una docena de mujeres con sillas que habían llevado desde sus casas. Mientras la tarde se iba haciendo noche, pasaban el tiempo hablando de sus achaques, sus hijos, sus nietos, sus perros y, desde luego, incitándose unas a otras a la cumbre de la pasión, opinando sobre los concursantes de Se llama copla.

Un día, sin aviso alguno, el Sevillano se agachó y colocó un beso en el culo de la perra de esta mujer. Fue el primer ser vivo al que le dio un beso el Sevillano. Ahora lo haría a todos los perros, si se lo permitiera. En cambio, les manda besos, otra cosa que le ha enseñado su abuela.

-Ven aquí, Sevillano, le dijo la mujer.

El Sevillano heredó los ojos árabes, las pestañas largas y la piel morena de mi mujer, pero el color de los ojos es verde o azul según la ropa que lleva, y su pelo es claro y rizado. Pertenece a la naturaleza humana fijarse en lo diferente, entonces el Sevillano parece sevillano sólo en mi propio país. Por fin empiezo a entender el sentido del humor de Sevilla. Exactamente porque el Sevillano no parece un sevillano, la mujer le llamó Sevillano.

A la hora de recibir besos y abrazos, el Sevillano es, como dice su propia madre, arisco. El recela especialmente de este cariño andaluz casi agresivo. Por eso mantuvo por un momento las distancias después de que le llamó. La mujer le esperaba con tranquilidad. Tal vez por eso el Sevillano decidió acercarse. O quizás para investigar su silla plegable de la cual nunca antes había visto nada igual. Al investigarla, tropezó con el plato del perro que estaba debajo, el cual le resultó aún más interesante que la silla. Acabó por meter su pie dentro, mojándolo. Como siempre, mientras estaba entretenido, aguantó las caricias.

Cada día parábamos un rato para charlar, o, mejor dicho, el Sevillano paraba, y charlaba yo. Estábamos todavía en la fase en la que el padre sigue al niño más que el niño sigue al padre. Gracias a él, estaba poniéndome en cuclillas para estudiar las hormigas, mirando fijamente la luna, contando las estrellas, e intentando coger las hojas a medida que caían de los árboles.

Al salir del edificio de mis suegros, después haber dejado a su abuela - no importaba cuanto tiempo hubiésemos estado - con la miel en los labios, siempre se detenía un momento, mirando a la izquierda donde se reunían las mujeres, esperando. Incluso después de que le llamaran, se mantenía fuera del círculo, a pesar de las súplicas entusiasmadas de que se acercara, prefiriendo quedarse con los perros. Había uno que se llamaba Machote, dos veces más grande que el Sevillano. Ponía su cara sonriente en el hocico del Machote, esperando un beso.

Al Sevillano no le daban miedo muchas cosas. El cariño agresivo, si, y también los hombres con bigotes y las máquinas ruidosas como los ventiladores, los trompos y las batidoras. Le atraían, además de los perros, las llaves, las joyas de fantasía y las sillas vacías, en las cuales tenían que dejar que se subiera, y esto es lo principal, sin ayuda ninguna. A través de semejante cebo, las mujeres solían conseguir que se les acercara, y que soportara los besos y abrazos.

Al despedirse, el Sevillano giraba hacia ellas, levantando la mano y decía "o", su forma de decir "adiós" y prueba definitiva, digo yo, de que con menos de 18 meses ya estaba hablando andaluz.

El Sevillano tiene otro par de abuelos que viven en New Hampshire, un estado de EEUU en la frontera con Canadá. Su tierra es casi salvaje. Por la noche vagan osos y alces, y se pueden oír los castores royendo los árboles del pantano. A finales del verano los padres del Sevillano lo llevaron allí durante casi dos meses. El viento en los árboles, el flujo del agua en el riachuelo que desemboca en el pantano, y el crujido de la grava y las hojas caídas debajo de sus pies, éstos eran los sonidos con que vivía el Sevillano durante sus amplias vacaciones.

De vuelta en Sevilla se extrañaba de casi todo, hasta en nuestro propio piso. El timbre, el teléfono, dos vecinos riéndose a carcajadas en el rellano, los altavoces incesantes encima de los coches de los vendedores ambulantes abajo lo asustaban una y otra vez. Ni hablar de las calles en sí, con su cacofonía de motores y cláxones enfadados. No me dejaba cogerle la mano nunca antes del viaje. Después, me la pedía siempre.

Al salir del edificio de mis suegros después de la primera visita desde nuestra vuelta, el Sevillano miró a la izquierda un momento. No había nadie. El Sevillano alargó las manos, queriendo que lo cogiera. Inaudito.

-Ya, hijo, todavía nos hace falta una bienvenida de la ciudad, ¿no? le dije.

Nos adelantó una vecina. Le pregunté por las mujeres. Se encogió de hombros.

-Ahora, con el frío. . .

¿El frío?, pensé yo. Acabábamos de volver de escarcha y ráfagas de nieve.

A punto de marcharnos, vislumbramos una mano a lo lejos, haciéndonos una señal. Había tres mujeres. Empezaron a llamar a mi niño.

-¡El Sevillano! ¡Ven!

El apodo le dejó perplejo al principio, pero cuanto más nos acercamos, más le sonaba la palabra. Me tranquilicé, sintiendo que todo iba bien, cuando pidió el suelo y empezó a enseñarme el camino hacia su club de fans. Si la gente te conoce por las calles, si te llama con alegría, si te da un nombre nuevo, un nombre suyo, nacido del afecto y de la gracia, esto tiene que ser una señal muy clara de que estás en casa, ¿no? Pues si mi niño está en casa, estoy yo también.

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