Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Solo ante el cenizo

EN la treintena comenzamos a ser llamados de usted, y a algunos eso les fastidia. Sobre los cuarenta, todos los jóvenes ya te hablan de usted si se dirigen a ti sin conocerte. Incluso las personas más coquetas, los peterpanes más irreductibles y, en general, la gran cantidad de gente que, como buenos animales, obvia por sistema que aquí estamos de paso, comienza a aceptar que es normal que ya te den ese tratamiento de respeto a la edad. De mayores, muchas personas tienen que soportar que se dirijan a ellos en la panadería, el autobús o el ambulatorio como si hubieran vuelto a ser niños: "Abuelo, ¿cómo estás tú hoy, precioso?". Antes, a los cincuenta puede ser molesto que te tutee cualquiera; es una edad en la que uno puede estar dejando atrás el último puerto de primera categoría de la escalada de la vida. A partir de ahí, comienza el descenso, y hay síntomas objetivos, incluso comerciales, de que eso es así. Me explicaré.

Servidor, que está ingresando en su quinta década, no para de recibir llamadas de intensos operadores de call centers a horas intempestivas, peticiones de bancarios cercanos y publicidad personalizada (mejor, dirigida a mi nuevo segmento demográfico y socioeconómico, el club de los cincuenta) para que suscriba seguros de vida. Son como pequeñas bofetaditas de realidad, de esa realidad esencial que es el paso del tiempo. No es que uno no quiera cumplir años, cosa muy sana; es el fastidio del acoso marketiniano. La versión contemporánea del Memento mori ("Recuerda que eres mortal") que un esclavo susurraba al oído del César victorioso es el hostigamiento para que suscribas seguros de vida a esta edad. Las técnicas de venta son empáticamente agresivas, con veladas amenazas: "Uno no sabe cuando puede ponerse enfermo o sufrir un accidente, señor Rufino"; "Conocerá casos a su alrededor, es ley de vida"; "Puede usted tener una segunda opinión del mejor doctor del mundo"; "Si hay que ir a Houston, se va usted a Houston". Y aquí paz y después gloria, añadiría uno.

Un amigo médico me ha sugerido un antídoto a esta forma algo chantajista de televenta: "Tú lárgale a la operadora una larga lista de males tuyos: dientes que se licuan, pelos radiactivos en el oído de componente totalmente hereditario, fracturas oculares reicidivantes y varios penosos males de origen desconocido". El lunes, cuando, solo ante el cenizo, descuelgue el teléfono camuflado que ya conozco, se va a enterar.

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