La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

Tiempo de educar

Yllegó la crisis. Esa que lleva anunciándose desde hace varios años y que nadie queríamos ver. Esa que ha pillado a muchos con tres pisos y unas únicas posaderas. La que acostumbró a tantos a pensar que todo iba a ser eterno. La eterna fiesta, el eterno dispendio, que para eso está la afilada tarjeta de crédito que, ¡ay, dioses!, cuando corta, ¡con qué saña se aplica!

Esta crisis va a traer un efecto colateral -como dicen los modernos- desconocido y que, poco a poco, van ustedes a ir notando. Me refiero al hecho de que, por primera vez en sus vidas, muchos de los españoles de hoy van a ver que no son satisfechas sus necesidades de forma automática, teniendo que apretarse el cinturón o, sencillamente, recibiendo un no por respuesta. "No", adverbio negativo desconocido y de ínfimo uso, va a ser el vocablo de moda en los próximos tiempos.

Este grupo de ciudadanos conforman la generación por debajo de los veinticinco años. Una generación que no ha conocido más que la opulencia resultado de la bonanza económica. Que nunca han sido conscientes, como sí ocurrió con sus olvidadizos padres, de una crisis, una época de vacas flacas, de comentarios a media voz en la cocina sobre lo mal que lo está pasando el vecino del tercero -que ya hace dieciséis meses que está en paro y con dos chiquillos-, de vacaciones en el pueblo porque "másquisierairalaplayacomolosricos", de ir a la feria para darse un paseo y mirar, de sólo una vuelta en las atracciones que luego le toca a tu hermana, de foie-gras en la merienda y dar de sí la ropa todo lo que puedas y no cambiar de coche sino el año que viene, y ya veremos.

En mi último ensayo bautizaba a la generación de sus padres como la generación obediente, ya que como grupo habían aprendido a obedecer a sus padres, para pasar ahora a obedecer a sus hijos. Hijos que acuden a la consulta del psicólogo, o al juzgado cuando sus padres se separan, y piensan que se lo merecen todo por el mero hecho de ser sus hijos. Estos menores pronto van a ver que sus padres ya no llegan, no le pueden dar todo como han hecho durante toda su corta vida. Entonces vendrán los quiebros y la necesidad impuesta de aceptar lo que hay o, mejor, que ya no hay.

Durante varios lustros hemos tirado por tierra conceptos como el sacrificio, la responsabilidad y el mérito. Hemos creado una sensación de consumo sin límite que, si usted tiene unos pocos años, una vez más se ha demostrado temporal. Por mi edad no recuerdo la crisis de los setenta; contemplé la de los ochenta en el rostro de mi padre y sufrí la que, en los noventa, nos bajó de la nube de la Exposición Universal de Sevilla. La flaca memoria nos ha hecho olvidar aquellas hipotecas al diecisiete por ciento y el paro superior a los dos millones de trabajadores. Luego vino la fiesta de la bonanza económica, aquella de la que hoy recogemos los platos, llenos de sobras.

A diferencia de otras, este periodo económico ha sido especialmente largo, lo que ha propiciado que los menores de veinticinco años no tengan recuerdo de lo anterior. Ahora a ellos les toca bregar con pisos que han alcanzado un precio exorbitado, trabajos mileuristas, una gran competencia profesional con una formación muy deficiente y un mercado cada vez más global, en donde los señores del petróleo, las multinacionales de los transgénicos y la guerra de turno marcarán sus aspiraciones personales.

Los niños usan explicaciones irracionales para los acontecimientos que ocurren a su alrededor. Piensan que las cosas durarán eternamente y, así, sus padres siempre se querrán, sus abuelos estarán cuando ellos mismos sean ancianos, mientras los acontecimientos negativos ocurren sin razón y pronto desaparecen. Su optimismo desmesurado se borra con la adolescencia, para no volver jamás. Nuestra sociedad ha abandonado, de golpe, la infancia y, mucho me temo, el optimismo antropológico.

El peligro de esta generación de jóvenes no es que no haya conocido otra cosa. El peligro es que al escucharlos uno descubre que tampoco se plantea nada más. Su discurso se limita a lo asumido. Si los pisos están caros yo no puedo hacer nada, si las multinacionales reducen a la nada mi sueldo no está en mi mano cambiar las cosas. Es mejor conformarme, es mejor el consuelo inmediato de mi mundo virtual. Ortega y Gasset afirmó que el derecho de la juventud era creerse superior. Nuestra gran asignatura será educar ahora, aunque para muchos lleguemos tarde, la rebeldía.

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