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Rafael Padilla

Tiempos de crisis

SI hay una condición común a todo político gobernante es, sin duda, el optimismo irracional con el que enjuicia, mientras se mantiene en el poder, las coyunturas más sombrías. Sólo a partir de este síndrome, tan extendido, pueden entenderse las manifestaciones realizadas por el presidente Zapatero en la pasada Pascua Militar. Para él, "el horizonte económico de España es muy positivo". En la misma línea debe situarse lo dicho por Inmaculada Rodríguez Piñero, secretaria de Política Económica del PSOE: la economía -señala- "hoy va mucho mejor que hace cuatro años [ý], la realidad de los datos es absolutamente contundente y no cabe ningún tipo de maquillaje".

No es eso, sin embargo, lo que se desprende de las cifras que, en todos los ámbitos, anuncian tiempos de crisis. Desde que en agosto de 2007 explotó el escándalo de las hipotecas basura, prácticamente no hay día sin su mala noticia económica. Este lunes, Eurostat nos informa de que España ha vuelto a colocarse a la cabeza del desempleo en la eurozona (con un 8,2 por ciento sobre la población activa). El aumento interanual del paro ha sido superior al 5 por ciento. Ya estamos en 2.106.000 desempleados, 400.000 más que en 2004. De esos números, preocupan especialmente el paro juvenil (un 18,3 por ciento) y el paro inmigrante (en el último año, el desempleo en este núcleo ha crecido un 24 por ciento. Como consecuencia, la factura en subsidios al desempleo para tal población se ha incrementado un 54 por ciento, hasta los 116,1 millones de euros, un 8,4 por ciento del global).

Junto a ello, no podemos olvidar tampoco que la inflación se eleva al 4,3 por ciento, su valor más alto desde 1995, así como que los tipos de interés han subido 2,5 puntos durante la legislatura. Es evidente la desaceleración en el sector de la construcción, uno de los motores de nuestro crecimiento, y en el del automóvil. No son mejores los resultados en el sector exterior (el déficit exterior alcanza el 9,9 por ciento del PIB) ni hay consuelo en la medida de nuestra productividad (que también disminuye).

Aun así, el aspecto más alarmante se refiere al consumo privado. En un escenario de récords en el precio del petróleo y de subidas disparatadas en el coste de los alimentos, el endeudamiento de las familias españolas asciende a 895.000 millones de euros (frente a los 500.000 millones de 2003), habiéndose desplomado la confianza de los ciudadanos en la marcha futura de nuestra evolución económica.

Con ese panorama (del que me dejo, por supuesto, múltiples variables), ya me dirán qué razones hay para el optimismo. A no ser, claro, que de lo que en realidad se trate sea de mantener el tipo en una campaña electoral en la que la economía, inesperadamente, acabará convirtiéndose en la protagonista principal del debate.

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