La crónica económica

Joaquín / Aurioles

Tipos duros

HAY límites que no se deben sobrepasar, especialmente si se trata de algunos tipos como los de interés, los de cambio o los precios del petróleo. Uno de los encargados de mantener a raya a los tipos de interés es la inflación, que debería impedir que cayeran por debajo de su nivel para evitar tipos de interés reales negativos, enemigos de las buenas costumbres por animar al endeudamiento o la especulación. A pesar de ello, el tipo oficial del BCE se situó en junio de 2003 en el 2 por ciento, nivel en el que se mantuvo durante dos años y medio, en los que la inflación en España siempre estuvo ligeramente por encima del 3 por ciento.

Otro límite violentado recientemente es el de que los tipos a largo siempre deben ser mayores que a corto, dado que supuestamente incorporan una compensación por riesgo que aumenta con el plazo de vencimiento del título. Ocurrió a finales de 2005, cuando la relación se invirtió en Estados Unidos y en Gran Bretaña, mientras que en la Eurozona el comportamiento ha sido más correcto, aunque la diferencia haya llegado a reducirse a tan sólo algo más de medio punto.

Por último, también se puede violentar el límite del 5 por ciento en el Euríbor. El Euríbor a 3 meses es el de referencia para los préstamos interbancarios y acaba de superar el 4,9 por ciento, mientras que para las hipotecas a tipo variable se utiliza el Euríbor a un año, que en su cotización diaria superó ayer el 4,8 por ciento, lo que significa que se mantiene la inconsistencia entre los tipos de interés y el plazo de las operaciones, pero, sobre todo, que estamos volviendo a niveles propios del pasado siglo.

Otra conducta nada ejemplar ha sido la del euro, que amenaza con intercambiarse por 1,5 dólares en breve, para disgusto de los exportadores europeos y satisfacción de los importadores de manufacturas desde el sureste asiático. En España se teme que contribuya a derribar otro mito: el de los 100.000 millones de déficit comercial, equivalente al 10 por ciento del PIB. Somos el segundo país del mundo, tras los Estados Unidos, con mayores necesidades de encontrar en el exterior financiación para nuestros excesos, por lo que hay que felicitarse de que el sector público haya contribuido a llevar mejor la situación, convirtiendo en superávit su endémico déficit fiscal.

El problema con las cuentas exteriores tiene mucho que ver con la energía, dado que nuestro aprovisionamiento sigue dependiendo en un 80 por ciento de las importaciones y a que también el petróleo se empeña en batir otro registro en estos días: el de los 100 dólares el barril. Sin embargo, y a pesar del aparente descontrol de los acontecimientos, lo cierto es que todavía queda un amplio margen para la confianza. Por un lado, porque con la recesión deberían descender las importaciones y detenerse el deterioro de la balanza comercial. Por otro, porque el carácter efímero que muchos especialistas atribuyen al actual repunte de la inflación anima a confiar en la proximidad de los primeros recortes en los tipos del BCE. Por último, porque hay razones para confiar en la involución del Euríbor, dado que su comportamiento reciente no se debe tanto a tensiones de liquidez bancaria como a precauciones lógicas por el aumento de la morosidad.

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