La tribuna

jAVIER GONZÁLEZ-cOTTA

Turquía a golpe de novela

EN la historia reciente de Turquía cada golpe de Estado trajo consigo una psique colectiva y, en cierto modo, una forma de memoria más o menos novelada.

En 1961, un año después del golpe de 1960, el cuerpo inerme del presidente Adnan Menderes colgaba de una soga, anudada sobre tres burdas y altas estacas. Atrás quedó su política de cartera alegre, mirando a las clases medias y al campesinado anatolio. Turquía había ingresado en la OTAN (1952). Su Ejército participó incluso en la guerra de Corea. Los soldados turcos que regresaron del Paralelo 38 adoptaron luego el popular apellido Koreli. Pero en 1960 la inflación hacía chiribitas y la economía se colapsó. El Ejército derrocó y ahorcó a Menderes. Paradójicamente, los militares impulsaron la constitución más abierta y social que jamás ha tenido Turquía. Pero el cadáver de Menderes se balanceaba tétricamente, como postal de una era marcada por el incipiente humo fabril y la mecanización del agro. Cada uno en su estilo, los escritores Yasar Kemal, Sait Faik y Orhan Kemal orientaron su mirada al realismo proletario, tan fatalista, del país.

El fallido golpe del 15 de julio nos ha devuelto a una especie de Turquía vintage. Pese a su gusto por las traviesas alegorías, el Nobel turco Orhan Pamuk suele ambientar sus novelas con el trasfondo de la violencia política. "Los crímenes políticos, los atentados con bombas y los disparos que interrumpían la tranquilidad de la noche en los años 70 probablemente hayan creado en mi mente una memoria especial cuya puerta sólo se abre en los momentos de desastre". A primeros de los 70 Turquía era como una supernova de explosión social (emigración rural, guetos urbanos, urbanización salvaje, capitalismo agresivo, masificación universitaria, paro). Se daba "la extendida sensación de que nadie sabía ya a ciencia cierta qué significaba ser turco en 1970", explica Francisco Veiga, autor del monumental El Turco.

En 1971 otro golpe militar derrocó al gobierno de Demirel. En su muy leído libro de memorias dedicado a Estambul, Pamuk recoge de aquel mismo año una irónica carta abierta de un lector de periódicos: "Uno de los éxitos del estado de excepción ha sido que los taxis colectivos sólo se detienen en las paradas indicadas. ¡Dónde ha quedado la antigua anarquía!"

Más allá de la humorada, entre los 70 y los 80 se sucedieron los tremebundos años de plomo. Los homicidios entre nacionalistas (los lobos grises) y los radicales de izquierda hicieron de las calles turcas un collage de sangre y pintadas. El escritor Izzet Celasin recrea en Cielo negro, mar negro el giro existencial de un joven que se asoma de lleno a la violencia política de Turquía (1977-1981). Sólo entre 1975 y 1980 se produjeron 5.713 asesinatos y 18.480 personas fueron heridas (un dato: hubo más muertos entonces que en toda la guerra de liberación contra Grecia entre 1919 y 1922).

En aquel Estambul de 1978, en el barrio de Çukurcuma, un enamorado obsesivo y de clase acomodada, llamado Kemal Basmaci, acudía todas las noches a casa de Füsun para cenar con ella y con su modesta familia. Recuerda cómo se oían los tiros y las bombas. Los derechistas dominaban la parte de Tophane y Karaköy, junto al puente de Galata, mientras que los izquierdistas hacían sus nidos por las costanas de Çukurcuma y Cihangir, sobre el Bósforo. Aparte de Nieve y de La casa del silencio, la novela de Pamuk El Museo de la Inocencia recrea con fidelidad cartográfica aquella guerra civil oficiosa que padecía Turquía. Algunos turistas callejean ahora por el barrio de anticuarios de Çukurcuma. Llevan el libro consigo, mientras buscan el museo que, auspiciado por el propio escritor, da nombre a la novela y sirve de curiosa chamarilería, reflejo de todo aquel Estambul vintage. Objetos y cachivaches citados en la novela llenan sus plantas. Pamuk -antítesis de Erdogan- ha denunciado ya la inútil asonada del pasado viernes.

El padre de todos los golpes de Estado se produjo el 12 de septiembre de 1980. El general Kenan Evren inició una dictadura brutal y purgadora de tres años de hierro. El general acabó sus últimas días pintando señoritas ligeras de ropa en la localidad costera de Marmaris (la misma ciudad donde el golpe sorprendió a Erdogan de vacaciones). Nedim Gursel narra en La novela del conquistador la historia de un escritor sumido febrilmente en una obra sobre la conquista otomana de Bizancio. Vive en una mansión de alquiler sobre el Bósforo, ajeno a la realidad. Tanto es así que ignora por completo lo que las nieblas del estrecho muestran al disiparse poco a poco: el golpe de Estado del 12 de septiembre.

El llamado golpe posmoderno acabó en 1997 con el islamizante Gobierno de Erbakan. Fortalecido ahora Erdogan tras la sangrienta y extemporánea intentona de julio, algunos dicen que, al modo pamukiano, la suya es como la siniestra alegoría de un golpe dado por él mismo. Esta otra novela no ha acabado.

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