La tribuna

Pablo A. Fernández Sánchez / Catedrático De Derecho Internacional Público De La Universidad De Huelva

La Unión Mediterránea

DESPUÉS de meses intentando liderar un proyecto político mediterráneo, el presidente francés, Nicolás Sarkozy, se ha tenido que conformar con poco más que un caramelo.

En efecto, el Consejo Europeo del viernes 14 de marzo aprobaba sin demasiado entusiasmo la propuesta francesa de un plan para crear la Unión Mediterránea, que integraría en un mismo foro a todos los países ribereños del Mediterráneo.

La oposición inicial alemana a este proyecto ha sido feroz porque se negaba a poner más fondos económicos de la Unión Europea y a crear más estructuras administrativas que distrajeran los intereses de la Unión Europea en los estados ya comunitarios, recién incorporados y necesitados de ayudas financieras. Esto hacía que muchos países, alejados del Mediterráneo y con fuertes intereses en el desarrollo del centro de Europa, también fueran reticentes.

Por su parte, España estaba en contra de este proyecto, que sólo buscaba el liderazgo francés sobre un espacio tradicionalmente ocupado por España. No en vano el marco de relación política, cultural y social con los estados del arco sur mediterráneo se forjaba en el llamado Proceso de Barcelona que surgió, a instancias de España, en 1995.

Es verdad que, como ha dicho Sarkozy, el Proceso de Barcelona estaba estancado, en parte por el eterno problema israelí-palestino y, en parte, por la negativa de la Unión Europea de destinar fondos económicos estructurales a países poco transparentes y poco eficientes para controlar los fondos comunitarios.

Ahora bien, no es menos verdad que el proyecto de Sakorzy adolece al menos de tres grandes inconvenientes, a diferencia del Proceso de Barcelona. En primer lugar, la Unión Mediterránea, en su versión final, tendrá que depender de los inversores privados, poco dados a riesgos políticos como los que pueden encontrar en la ribera sur del Mare Nostrum. En segundo lugar, los problemas políticos subyacentes imposibilitaran una doble presidencia o co-presidencia, una europea y otra de la ribera sur, porque muy pocos estados árabes estarían en disposición de aceptar la co-presidencia de Israel en un hipotético futuro a corto plazo. En tercer lugar, el escepticismo de los socios comunitarios, que se han limitado a no desairar a Francia, impedirá la implicación directa de las instituciones comunitarias, algunas de las cuales han estado al margen de este proyecto, como se ha dolido el propio Parlamento Europeo.

Puestas así las cosas, España, el país quizás más interesado en la proyección mediterránea de la Unión Europea, ve con recelo el protagonismo francés y reclama que esta Unión Mediterránea se incardine dentro del Proceso de Barcelona. En el fondo no le falta razón a España porque durante todos estos años ha sido el pie de lanza de la cooperación con los países del arco mediterráneo, especialmente los árabes.

Dicho todo esto, parece como si no hubiera esperanzas para acortar distancias entre las dos orillas. Pero esa es la realidad hasta tanto los socios comunitarios no se den cuenta de que la búsqueda del bienestar de estos países es vital y estratégica para la Unión Europea. No hay ninguna razón política de peso para no distribuir Fondos Estructurales, Fondos de Cohesión, Fondos Regionales y otros paquetes económicos a nuestros vecinos del sur, que darían estabilidad política, convergencia económica, flujos comerciales y un sinfín de beneficios, incluyendo la reducción de la inmigración, de la deslocalización o de otros problemas que nos llegan por la insostenible situación actual.

En realidad, la Unión Europea no tendría que hacer demasiados esfuerzos (aunque en términos de seguridad no deben cuantificarse los esfuerzos). España misma ha hecho una propuesta muy coherente, y es que los Fondos de Cohesión, los Estructurales o los Regionales que dejen de corresponderle a España a partir del 2013, por haber alcanzado nosotros la media europea, pudieran destinarse a Marruecos y otros países mediterráneos del entorno.

Ahora bien, el problema es que la Unión sigue siendo miope en política exterior y no percibe los beneficios de apostar por apoyar a nuestros vecinos del sur de una forma decidida. No es posible seguir mirándose el ombligo y esto vale lo mismo para Francia, que sólo busca el liderazgo perdido y beneficiar a sus antiguas colonias, a las que les vende tecnología nuclear barata para comprarle electricidad a bajo coste, que para Alemania, que recela del protagonismo de Sakorzy en una Europa que se ha desequilibrado a favor de sus intereses, que para España, que no ha podido convencer porque carece de argumentos pero no quiere perder su proyección árabe, que tan buenos beneficios le ha traído tradicionalmente.

Me temo, una vez más, que volveremos a vivir un proceso de reuniones baldías y de turismo político que no podremos soportar por mucho tiempo.

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