Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Veo el fin

NO hay sabios infalibles en esto tan imprevisible de gustar y conectar con millones de personas que, en su más recóndita intimidad, te aceptan o no. Menudo reto sociológico. La gente en su casa y con su tiempo hace lo que le da la gana. La televisión, todavía, es un negocio precioso, pero muy complicado, donde haría falta más periodismo, arte y riesgo y donde sobran las obsesiones financieras y políticas. La televisión, diosa de las horas sueltas, se mueve por corazón, como intentamos relatar cada día en estos territorios de papel. Para los profesionales, pese a los egos, es (o debería ser) una misión apasionante. Este negocio no va de crear una cadena de montaje de tornillos o de cultivar pepinos. Ni de mirarse al espejo, tampoco. A esto hay que echarle inspiración, talento, mucho trabajo y también mucho dinero. Y ni aún así está garantizada la atención del público.

El director del periódico El Mundo, Pedro J. Ramírez, pataleó durante años para tener su castillo. Su licencia televisiva, como los colegas, pero el resultado de estos años de Veo 7 revela que tras la petición había sólo complejos y una actitud caprichosa porque la cadena de Unedisa nunca dio sensación de ser un proyecto maduro, o al menos madurado. La influencia y el poder no se consiguen por una licencia. Hay que planificar y alimentar y Veo, que era pionera, perdió unos años fundamentales para ocupar su sitio en la TDT. Veo apenas se veía porque la programación tiraba a improvisada y lamentable y terminó dándose codazos con sus hermanastros pro-PP.

Como esos alcaldes que se fabricaron sus caras cadenas municipales, el señor Ramírez tuvo su tele de juguete, pero el adoctrinamiento político fue rechazado de forma clamorosa, por falta de quórum. Aquellos que no saben valorar lo que realmente es la tele terminan despeñándose por el mando.

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