palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Vidas ejemplares

EL jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, ha dictaminado que el comportamiento de Iñaki Urdangarín no fue ejemplar. La referencia a la ejemplaridad para justificar el apartamiento del susodicho de los actos oficiales de la Casa es un eufemismo a la altura de la refinada retórica de la monarquía. Presupone que la conducta de este miembro de la Familia Real, al margen de las implicaciones legales y de los nombres atroces que reserva el Código Penal, ha sido hasta ahora el paradigma de la moralidad nacional. Y como ya no lo es, como al parecer los indicios apuntan a que el duque no representa el canon de conducta que deben imitar los parados, la clase media, los inmigrantes o los intermediadores de baja o media cuna, la Familia Real lo ha borrado de su santoral. No aclara la Casa qué papel corresponderá a partir de ahora a la infanta Cristina, socia del marido, si mantendrá la agenda o secundará el destierro institucional.

Así que ya sabéis, niños y niñas del Reino, borrar del cuaderno de Vidas ejemplares al señor duque. Pero no paséis la hoja ni guardéis todavía la cartilla. Aún no hemos terminado. Conviene repasar otras vidas ejemplares que ayer cobraron grave actualidad. En la Audiencia de Valencia compareció el ex presidente de la Comunidad Valencia, Francisco Camps, para responder del escasamente ejemplar delito de cohecho impropio por aceptar 25 prendas de vestir de buenas marcas de la trama Gürtel. Junto a él, como vecino de banquillo, se sentó el ex secretario del PP valenciano Ricardo Costa. La escasa ejemplaridad de la conducta de ambos, a tenor de los indicios obtenidos por los jueces, no tuvo una respuesta contundente por parte de los mistagogos del PP que, lejos de dudar de sus ejemplaridad, los auparon con más fuerza aún y con más velas a las hornacinas de los dioses tutelares del partido. El propio Rajoy apoyó a sus socios políticos de Valencia a pesar de las evidentes manchas que afeaban sus almas de servidores públicos.

Para más inri, entre ambos manojos de vidas ejemplares caídas en desgracia, la del duque y la de los dirigentes del PP valenciano, hay un entorno común, el que convirtió Valencia y las Islas Baleares en escenarios perfectos para ensayar cohechos, negocios sucios y tratos de favor.

Ahora, con las viscosas mieles del poder en las manos, es distinto. Mientras veíamos en los telediarios la entrada al juzgado de los dirigentes populares por el caso de los trajes, en Madrid, como si fueran seres de otra galaxia o de un encarnadura diferente, la junta del PP repartía, como en una de esas comidas de Navidad que terminan con un sorteo de jamones, los cargos para el Congreso y el Senado. Un sólido muro de acero y petulancia impedía que el aire circulara entre un ambiente y otro.

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