la esquina

José Aguilar

El adiós previsible

DOS horas de debate entre Zapatero y Rajoy -a tres intervenciones por barba- más la hora larga que empleó el primero en su discurso de la mañana dibujaron una buena jornada parlamentaria perfectamente previsible (sin olvidar al constructivo Duran Lleida, brillante como casi siempre).

La previsibilidad fue la tónica dominante desde las doce del mediodía hasta las seis de la tarde, cuando acabó el pugilato central del Debate sobre el estado de la Nación. Se resume así: por parte de Zapatero, defensa de los ajustes que no empañan la política social de sus dos mandatos; por parte de Rajoy, denuncia del Gobierno que ha recibido la mejor herencia económica de la democracia y va a dejar la peor, y que ha protagonizado el mayor recorte social, y exigencia de elecciones anticipadas. Lo que se esperaba.

El caso es que los dos tenían -parte de- razón. La tuvo Zapatero al criticar la actitud de Rajoy de callar los datos relativos al nivel de la deuda pública española, inferior a las de Alemania, Francia o Gran Bretaña, a la protección al desempleo, más extensa con él que con Aznar, y a la burbuja inmobiliaria vertiginosamente crecida entre 1996 y 2004 (durante el aznarato), que está en el origen de la crisis española. Y también al enfatizar que en sus dos legislaturas ha aumentado el valor adquisitivo de las pensiones, ha multiplicado la dotación para becas, ha elevado el salario mínimo y ha impulsado el sistema de ayuda a la dependencia. No fue casual que los aplausos de la bancada socialista sólo brotaran cuando hizo guiños socialdemócratas al modelo de Estado social, las mejoras a los hipotecados más pobres y las reivindicaciones del 15-M.

Rajoy rentabilizó bien la ventaja irrebatible que le proporciona la realidad objetiva: las cosas están muy mal. Es verdad que con Zapatero se ha casi duplicado la tasa de desempleo, la prima de riesgo de nuestra deuda se ha ido a las alturas, las reformas no han satisfecho las expectativas que despertaron y el Gobierno ha promovido los recortes sociales más profundos del sistema democrático en menos tiempo, tanto más drásticos cuando más ha tardado en asumir su diagnóstico erróneo sobre la crisis y la necesidad de enfrentarse al déficit público con un tratamiento de caballo.

El debate acabó en despedida. Zapatero se emocionó al confesar su confianza en España -lejos de sus dudas sobre el concepto de nación y de sus eufemismos sobre el Estado español-, Rajoy le deseó lo mejor en el plano personal y familiar, y Zapatero se lo agradeció con gesto expresivo desde el banco azul. Adiós bilateral.

Poniéndonos críticos, dan ganas de suscribir el ultimátum que un internauta dejó en la web de TVE: "Váyase, señor Zapatero, váyase, y ya que se va, llévese a Rajoy".

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