la ciudad y los días

Carlos Colón

Otros adioses

ANTES los adioses y las mejor o peor disimuladas lágrimas que marcaban las etapas del crecimiento de los hijos tenían tres fechas fijas: el primer día de colegio, la mili y el casamiento. Para que me entiendan: Pinocho con sus libros y su manzana camino del colegio; Spencer Tracy llevando al altar a Elizabeth Taylor en El padre de la novia; Carroll Baker despidiendo al movilizado George Peppard en el episodio de Ford de La conquista del Oeste. Después la necesidad o el bienestar han sumado otros adioses.

El adiós a aquellos hombrecitos que cruzaban por primera vez la puerta del colegio, tan limpios y repeinados, con sus pantalones cortos, sus babis, su merienda y su maleta cogida de esa manita que por primera vez se separaba de la de sus padres, controlando mejor o peor unas emociones demasiado grandes para unos cuerpos tan chicos, se ha convertido en el besito al niño de cuatro meses que se deja en la guardería, las más de las veces por necesidad de dos sueldos pero algunas también por voracidad consumista. Y el adiós a los mozos que se iban a la mili se ha convertido en el adiós a los Erasmus. No es un mal cambio, desde luego. Todo lo contrario. Pero no por ello deja de ser uno de esos adioses que marcan una etapa en las vidas de los padres y los hijos.

Cada cual se lo tomará según su carácter, las relaciones que tenga con sus hijos o cómo sean éstos. Habrá padres que se entristezcan y otros como los del Springfield de Los Simpson: cabizbajos cuando los niños se suben en el autobús que los lleva al campamento de verano de Krusty el Payaso… y gritando y saltando de alegría, dando hurras y abrazándose cuando se pierde de vista.

Que los hijos se queden en casa más tiempo del razonable porque no encuentren trabajo o porque sean vagos es una tragedia o un coñazo.

Pero que se vayan produce esa pena no razonable que los sicólogos americanos han llamado the empty nest syndrome o síndrome del nido vacío. No es razonable porque, si se van para hacer un curso en el extranjero o porque se casen o arrejunten, su felicidad debería borrar toda tristeza. Pero da pena, al fin, porque se van. Y a la mayoría de los padres les gusta estar con sus hijos, digan lo que digan los sociólogos o psicólogos pesimistas.

Por eso lloran las madres en las bodas (y los padres, aunque lo disimulen) y se quedan un tanto solos, fanés y descangallados los padres de los Erasmus. Será lo del nido vacío que, por gordos que seamos y aunque se quede otro hijo, no logramos llenar cuando uno se va. Ya sea por razón de boda o de Erasmus, como estos días sucede a unos compadres que conozco bien.

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