el periscopio

León Lasa

La aldea rebelde de Obélix: Islandia

EN el suplemento salmón de El País de hace unos días, el artículo de referencia se titulaba Islandia enjaula a sus banqueros (se puede encontrar en Google: no tiene desperdicio). Sabemos más o menos de la debacle financiera que ha sufrido en los últimos años la pequeña isla nórdica, anclada entre brumas y volcanes, después de disfrutar durante varias generaciones de uno de los sistemas de bienestar más envidiados del mundo. En la actualidad, su deuda pública supera el 100% del PIB y la exterior bruta va más allá del 330% del PIB: una calamidad. "El país", dice una entradilla de la noticia, "fue saqueado por no más de 30 banqueros, políticos y empresarios". Uno de esos banqueros, Sigudur Einarsson, fue detenido hace poco en su casa londinense del exclusivo barrio de Chelsea (ah, Joni Mitchell, dónde estás), que compró al módico precio de 12 millones de euros. La hipoteca del chabolo no era un problema para el vikingo: mientras vivía en la mansión decidió alquilársela al banco que él mismo dirigía. Un crack de la ingeniería numérica.

En bancos islandeses que operaban por internet, al calor de unos tipos de interés que llegaban a remunerar el pasivo con un 15%, depositaban sus ahorros comerciantes holandeses y pensionistas alemanes. Con ese activo en las manos, los ejecutivos de esas entidades concedieron alegremente créditos en condiciones ventajosas a sí mismos, a amigos, a familiares... hasta que el colapso de Lehman Brother's reventó el invento. Una juerga obscena en la que unos se bebieron el Veuve Clicquot y otros han tenido que recoger las botellas.

Sin embargo, el contraste islandés con respecto a otros estados radica precisamente en que allí, algunos de esos irresponsables, pueden terminar en el trullo. Parece que es lo menos que se puede pedir. Todavía más recientemente, el mismo -y a veces objetivo- periódico, en un artículo que rezaba Islandia rechaza en referéndum pagar por los errores de sus bancos, se hacía eco de la consulta -en la que venció el no- realizada para dilucidar si debían los islandeses, con dinero público, esto es, con sus impuestos, pagar los 4.000 millones de euros de pufos que sus bancos han dejado en el Reino Unido y Holanda, al adelantar estos países a miles de ahorradores el reembolso de unos depósitos volatilizados. La cosa -amenazan británicos y holandeses- puede acabar en los tribunales. Pero, de momento, los islandeses han demostrado unas agallas que se echan en falta en otras latitudes: van a sentar en el banquillo a algunos sinvergüenzas y no van a pagar por las buenas las facturas de las orgías que otros se han corrido.

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