Postdata

Rafael Padilla

El año que termina

ESTE moribundo 2009 ha sido de todo menos anodino. La gran noticia universal de los últimos doce meses naturalmente fue, y continúa siendo, la gravedad de una crisis económica a la que no acaba de adivinársele salida. Vivimos un tiempo de pánico en el que nada es firme. Las enormes dificultades de sectores como el financiero, con el consiguiente riesgo de desplome global, nos han recordado la vulnerabilidad de un mundo que estúpidamente se creía a salvo de ciclos y retrocesos. Las repercusiones de la crisis en nuestro país, débil y sensible como pocos, mantienen a la par desorientados a un Gobierno perdido en su propia ineficacia y a una oposición que, más allá de rasgarse diariamente las vestiduras, tampoco es capaz de proporcionarnos fórmulas que alienten cierta esperanza.

El miedo es también la consecuencia que caracteriza al estallido de la pandemia causada por la gripe A. Se trata de una amenaza hoy agazapada, pero no por ello menos peligrosa, que nos oscurece el consuelo final de la salud.

En la esfera política internacional, este ha sido el año de Obama, laureado y aclamado por aquella parte de su biografía que está aún por escribir. Sus primeras obras, lejanas del milagro, no han desbaratado todavía el artificio, aunque empiezan a dibujar la verdadera dimensión de su valía y de su liderazgo. Los desastres de Iraq y Afganistán, el fanatismo de Irán, el volcán americano de las dictaduras crecientes, el disparate de Honduras y, a la postre, el espectáculo del pregonado cambio climático, a medio camino entre la estafa milenarista y la creación de una nueva fe geocéntrica, casi agotan el número de los asuntos relevantes en este ámbito.

Aquí, en casa, sin novedad en el esperpento. Mensurables los éxitos de nuestra política exterior (el barullo del Alakrana, nuestra mendigada presencia en el G-20, la chulería -miss incluida- de Gibraltar o el desenlace, puro astracán, del conflicto protagonizado por Aminatu Haidar, así lo atestiguan). Risibles y ridículos los medios, Plan E al frente, con los que se pretende despejar nuestro negrísimo horizonte económico. Inadmisible la tardanza del Tribunal Constitucional. Vergonzosa la calidad -Gürtel, un paradigma- de algunos de nuestros políticos. Terca la afición de prohibir (crucifijos, prostitutas, fumaderos, toros, chiringuitos y lo que se tercie). Estomagante la fuerza regalada y pertinaz de unas minorías (con la excepción feliz del País Vasco) que siguen troceando a capricho el mapa de nuestra tierra. Cruel y sangrienta la chistera en la que entró un crimen y de la que salió un derecho.

Y poco queda. Cae la última hoja del calendario, falta trabajo y hay hambre. Nos empeñamos en acallar demasiados gritos. Asistimos impertérritos, por cobardes y no por cautos, a la voladura de nuestras ideas y valores. Tal vez algo cambiará en 2010. O, barrunto y me desespera, quizá ya nunca.

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