Visto y Oído

Antonio Sempere

18 años

EL concurso de La 2 Saber y ganar cumple los 18 hecho un chaval. Con el ímpetu del primer día. Su paso a La 1 durante el pasado diciembre y la morrocotuda caída de audiencia en su nuevo horario vino a demostrar por enésima vez cómo programar es un arte, hasta qué punto los espectadores son animales de costumbres y qué porcentaje del éxito se debe a la fidelidad, a eso que comúnmente llamamos todos la fuerza de la costumbre.

A mí nunca me gustó Saber y ganar. Ni hace 18 años ni en etapas recientes. Dicho sea con todos los respetos hacia un programa humilde por el que, qué duda cabe, sentimos cariño. Lo que no quita para que siempre nos pareciera un formato televisivo desfasado, ya desde su nacimiento. Televisión anacrónica realizada a la manera de aquella otra de finales de los ochenta y principios de los noventa, que se basaba en concursos tan baratos como eficaces (3 x 4, El tiempo es oro, La vida es juego), pura factoría de los estudios de TVE en Barcelona.

Los aplausos pregrabados, las carreras de los concursantes desde fuera de campo hasta los atriles, la forzada impostura de un Jordi Hurtado siempre encantador, y sobre todo, la mecánica arbitraria de las pruebas, le convirtieron en un concurso ortopédico desde el primer día. En cada entrega Saber y ganar no hay planteamiento, nudo y desenlace; no hay clímax; prevalece la sensación de continuidad, aunque se quiera aparentar lo contrario. Y ese es su mayor problema. Su afán por aparentar.

El espectador, tan resabiado a estas alturas, entra en la convención por pura fidelidad al veterano programa. Aunque sepa de sobra que los programas se graban de cinco en cinco varios días antes, o que no hay público en el plató. Lo cierto es que Saber y ganar rebasa el 10% de cuota sin problemas, cuadruplicando la media de la cadena, de esa cadena olvidada que es La 2. Así que muchas felicidades.

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