La tribuna

José Luis Ballester García-Izquierdo

En apoyo de la empresa

HACE algo más de un año advertía, desde mi condición de abogado ligado al mundo empresarial, del alarmante panorama concursal que vislumbraba, al tiempo que trataba de mandar un mensaje esperanzador a los distintos sectores implicados. Desgraciadamente, aquellos alarmantes presagios se han visto incluso superados por una realidad todavía más cruda, que me dificulta ser hoy tan positivo.

Ha sido un año duro, de los que uno desea pasar página lo antes posible para poder conciliar el sueño, no sin antes guardar en la retina algunos aspectos para adquirir una experiencia que trasladar en un futuro y al mismo tiempo extraer y compartir conclusiones por si, entre todos, damos con la receta mágica que nos ayude a resurgir.

Si bien es cierto que a través de las refinanciaciones bancarias hemos colaborado en "salvar" a muchas empresas, también somos conscientes de que, si no remonta la economía, las refinanciaciones acordadas van a requerir en su inmensa mayoría de otra vuelta de tuercas al final de los periodos de carencia pactados.

Las medidas económicas que el Gobierno adopta no ayudan a afrontar con visos de éxito los compromisos alcanzados con el pool bancario (basados en duras condiciones económicas--fijadas sobre escenarios conservadores aunque optimistas-, además de unos pactos que encorsetan temporalmente la creatividad y el dinamismo del empresario), lo que va a dificultar el reflotamiento de las empresas y agravar el hundimiento de la economía.

Quienes nos dedicamos habitualmente al Derecho de empresa y tratamos a diario con empresarios, con carácter general, lejos de demonizarlos como parece pretender algún sector -desafortunadamente y a modo de excusatio non petita, lo que acusa cierta responsabilidad-, los consideramos verdaderos artífices de riqueza y bienestar social. Y como empresa que es, a la banca hay que apoyarla, aunque a veces hay quien tenga la sensación, por su actitud, de que está demasiada imbuida de la deshumanización que está pudriendo a nuestra sociedad (quizás, quienes tienen esa sensación, prefieren pensar que esta pauta de conducta responde a esa deshumanización que denuncian y no a un mal endógeno que amenace con más nubarrones negros a nuestra ya enferma economía).

Opiniones y sugerencias hay muchas y variopintas:

Hay quienes vierten sus críticas más ácidas sobre los empresarios, a quienes tachan de oportunistas y exigen mayor honradez.

Hay quienes denuncian que la banca ha de desterrar de su corazón la frialdad de los números; que no debe paliar su laxa gestión de control anterior a través de una política repentina de desconfianza generalizada y de mejora de su posición frente al resto de entidades -lo que está asfixiando a su hasta hace muy poco agasajado cliente-, sino que por el contrario liderar de forma aunada la función social a la que está llamada como operador en el mercado, haciendo de la refinanciación una regla general y viable y no la excepción a la que se llega tras arduas negociaciones y en condiciones difíciles de asumir.

Hay quienes tildan a los sindicatos de subvencionados durmientes ante su pasividad frente al paro, cuestionando la necesidad de su existencia.

Hay quienes recriminan al Ejecutivo el estar preso de unos pactos políticos con formaciones desfasadas y radicales, que motiva la adopción de medidas populistas innecesarias, funestas e insolidarias, y le instan a que gobiernen, con sensatez y eficacia, para todos los españoles.

Otros consideran primordial respaldar a los educadores y exigirles, junto a las familias, que se involucren más e inculquen valores denostados como el esfuerzo, la honradez y el respeto, para acabar con la deshumanización que nos está destruyendo a todos y, quién sabe, convertirse en silenciosos arquitectos de una fructífera y esperanzadora generación.

No es hora de seguir insistiendo en los juegos peligrosos que algunos denuncian del frentismo histórico, del populismo demagógico, del inmovilismo anestésico, o del relativismo; quizás ya ha llegado la hora de abandonar las críticas y de que todos cumplamos, desde la excelencia y la generosidad, nuestro particular papel en la sociedad y nos concienciemos de que con humanidad, capacidad, y esfuerzo, regados con sensatez, podemos y debemos sacar a la sociedad española de la profunda crisis, de todo orden, en la que se encuentra inmersa. De lo contrario, las refinanciaciones darán paso a los concursos liquidatorios y éstos a un Estado insostenible en una sociedad, además, ávida de calor humano y de valores firmes en los que seguir creyendo.

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