la tribuna económica

Gumersindo / Ruiz /

El arzobispo de Canterbury y la política económica

ES difícil exagerar la importancia monumental e histórica de Canterbury, y la influencia de su arzobispo -aun en estos tiempos- en la sociedad inglesa. Acaba de salir un número de la revista New Statesman coordinado por Rowan Williams, arzobispo de Canterbury, que en su presentación cuestiona la política económica del Gobierno conservador de coalición. Aunque llama radical e ilegítima a esta política, el texto no es agresivo, pero esta reflexión moral sobre las reformas económicas ha debido molestar al Gobierno, a la vista de la fortísima reacción del primer ministro y otros políticos. La discusión es de absoluta actualidad para la política española y andaluza, pues lo que se debate es quién está soportando el peso de la crisis, y qué debe hacer un gobierno para paliarlo.

Hay, al menos, cuatro ideas importantes en todo esto. La primera, a qué servicios públicos va a afectar las medidas de austeridad. Habría que garantizar que, aún con las dificultades conocidas, no se va a permitir la desprotección de los niños en familias sin medios, dándoles oportunidades de acceso a la educación de nivel; asimismo, la salud, las infraestructuras en barrios pobres, la cultura, deben ser prioritarias frente a otros gastos.

La segunda idea es la legitimidad con la que el Gobierno toma medidas que desmantelan servicios educativos o sanitarios, que son fundamentales para el país. Son medidas, dice el arzobispo, "por las que nadie ha votado", y que provocan una "comprensible ansiedad sobre lo que la democracia significa en tal contexto", ya que no ha habido un debate limpio y profundo sobre estos asuntos. La crítica es también para la oposición, a la que exige que pase de una política de confrontación sistemática a propuestas viables y concretas sobre cómo reducir el gasto sin que suponga un castigo que se impone a los más pobres y débiles.

En tercer lugar, se critica el intento de desmantelar el estado y pasar la gestión al ámbito local y a la sociedad civil, lo que se llama "gran sociedad". Considera el arzobispo que es responsabilidad de los políticos mantener la confianza de la gente en la gestión de los asuntos públicos, pues este es el componente de solidaridad que puede garantizar una cierta armonía en la vida social, y no dejar las soluciones sólo a los mercados y a la iniciativa privada que, como se ha visto en la crisis, no es lo más eficiente. Por último, Rowan Williams recuerda que la iglesia católica muestra hacia el pobre una actitud que a veces puede ser sólo compasiva, pero que en el pensamiento de San Pablo va más allá, y ve la sociedad como una comunidad sostenible, que existe por la mutua creación de capacidades entre personas y grupos. Atender a las necesidades más inmediatas de sus miembros, erradicar directamente las situaciones de clara injusticia, es lo que da sentido a la sociedad. En una expresión del sindicalismo clásico, el estado sería una "comunidad de comunidades", y la solidaridad, generosidad y visión de largo plazo necesarias para construirlo atañe, en primer lugar, a la clase política, para que actúe de verdad en democracia por encima del populismo y de las mayorías.

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