El poliedro

¡Fuera ese balón!

POR si no fuera usted ducho en fútbol, se suele llamar "expeditivo" a un defensa que no se anda con contemplaciones y, ante la duda o el peligro, manda el balón lo más lejos que pueda. En esos momentos de zozobra, desde el banquillo suele escucharse un atronador "¡fuera ese balón!", normalmente reforzado con una alusión a algunos órganos masculinos. En esta semana en la que nuestra economía ha engullido el anuncio de la inflación desbocada y nuestra sociedad ha sido señalada como zoquete occidental en comprensión lectora por el informe PISA, nuestro políticos nacionales y autonómicos se han comportado como auténticos centrales del patadón y tentetieso: ríanse ustedes de Gregorio Benito, Migueli o Arteche. Unos maestros del echar balones fuera.

La coartada para eludir responsabilidad alguna sobre el aumento inaudito de nuestros precios estaba clara, y podría convencer a un aficionado jurado popular (que es el que valora a los políticos): el petróleo ya está en los cien dólares y es ingrediente de la inmensa mayoría de los productos y servicios; su precio no depende de nosotros, qué culpa tengo yo. El argumento no deja de ser plausible en buena parte, pero no todo es petróleo ni inflación importada. Las negligencias -desaplicaciones, que diría Valdano- de los órganos de salvaguarda de la competencia propician los abusos de intermediarios y comerciantes, que quedan fuera de control y sanción. Aparte, siendo cierto que el repunte inflacionario ha afectado buena parte de nuestra Europa de referencia, el incremento de los precios en dichos países ha sido sensiblemente inferior al ocurrido en España. Algo tiene que ver el asunto con nuestra propia economía nacional.

El segundo despeje, abriéndose de brazos y superando al dedo acusador, lo han hecho al unísono el presidente Zapatero y la consejera autonómica de Educación, Cándida Martínez. Suele decirse que es bueno que haya niños, para encasquetar la responsabilidad de los sucesos a un inocente y, por tanto, irresponsable. Ahora parece que reacuñamos el dicho y lo convertimos en un "es bueno que haya padres", porque según la versión de ambos gobernantes, las espectaculares orejas de burro que reciben nuestros estudiantes (los peores, dentro de nuestro cateado país, los andaluces) se deben a un gap generacional: al retraso relativo e histórico de los padres, que se ha proyectado irremisiblemente sobre sus pobres criaturas. ¡Por favorý! ¿Hasta cuándo vamos a buscar excusas a los errores y fracasos propios? El determinismo sociológico que aducen nuestros gobernantes es sencillamente inaceptable. Los ahora rutilantes finlandeses e irlandeses -entre los primeros de la clase- sufrían hace 25 años una penuria y atonía culturales que también afectaban a grandes capas de la población. Y, sin embargo, han hecho los deberes. Claro, que han contado con una clase política que no ha hecho de la educación una esquizofrénica veleta con sucesivas leyes y experimentos. Más bien hay que pensar que ellos -y otros que nos enseñan la matrícula cada vez más- sí se han creído el primer mandamiento del desarrollo: la calidad de la educación es el pilar básico y la más sólida inversión de una sociedad. Pero como inversión de futuro que es, tarda tiempo en dar fruto, por lo que es incompatible con el cortoplacismo y la inmediatez que imponen las elecciones. Ahí, en mi opinión, es donde nos duele. Queremos réditos para antesdeayer; el medio plazo no existe, no interesa, demasiado remoto para atribuirse la medalla.

Si bien la responsabilidad final no es exclusiva de los gobernantes que manejan la política educativa pública, cargar el peso de la culpa en los pobrecitos padres ignorantes que recogían algodón para el massa no es de recibo. Un cosa es reconocer que el problema atañe a todos y todos deben implicarse, y otra bien distinta proyectar la causa hacia el maleable pasado. Por esa misma regla de tres, ¿podríamos decir que también sufrimos un gap en la eficacia de la clase política y, ya puestos, le echamos también la culpa a sus padres?

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