Visto y oído

Antonio / Sempere

Un balón

NO saben los intelectuales que de un tiempo a esta parte apoyan incondicionalmente el fútbol y sus circunstancias el daño que están haciendo a una sociedad cada vez más zopenca.

No pueden ni quieren imaginarlo. Pero los resultados están ahí, a la vuelta de la esquina. O en nuestras propias narices, que ya ni hace falta salir a la calle para medir la vara de la estulticia. La contaminación acústica empieza a ser insoportable cada vez que estos cafres consideran que la victoria de su equipo les da bula para arrasar las calles. Y basta ver y oír la radio y la televisión estos días para encontrarse con lo inaudito.

La elección por parte del presidente del Gobierno de la fecha del 16 de junio, el día que jugará la selección española, para hacer pública la letra pequeña de su reforma laboral, constituye una triste puesta al día de todos los tratados de pan y circo que desde los inicios de la Antropología han sido. Una noticia en consonancia con esa otra que airea, como si nada, cómo los jugadores han sido incentivados si ganan el Campeonato con más de medio millón de euros por cabeza, puesto que el negocio que generan aún es mayor.

Recuerdo que cuando estudiaba Secundaria, allá por aquellos años ochenta que nos resultan ahora tan ingenuos, una profesora nos reprochaba cómo era posible que a esas edades todavía tuviésemos mentalidad de Un, dos, tres. Ya quisiéramos haber quedado ahí. Los intelectuales que hablan del fútbol como arte, magia y religión a un tiempo sabrán lo que se hacen. Tener el balón en el cerebro no debe ser muy bueno.

Sobre todo cuando el balón es tan grande, tan grande, que deja no espacio para casi nada más.

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