La tribuna

lourdes Alcañiz

La batalla USA contra el azúcar

LA propuesta del alcalde de Nueva York de prohibir la venta de bebidas azucaradas extra grandes ha provocado un virulento debate público que ha acabado en manos de un juez, como no podía ser de otra manera en este país. Hasta que se determine si esta prohibición es legal o no, están corriendo ríos de tinta real y electrónica a ambos lados de la contienda.

Por un lado, los defensores de la libertad a la americana se están rasgando las vestiduras. ¿Cómo es posible que el gobierno se meta a determinar la cantidad de bebidas azucaradas que podemos comprar? ¿Tiene el gobierno que salvarnos de nuestra propia gula? ¿Es que los gordos no saben controlar su propio peso y tiene el gobierno que hacer dieta por ellos? ¿Qué es lo siguiente: obligarnos a hacer ejercicio si nos pasamos de peso? Y otros argumentos de este estilo.

Pero pongamos las cosas en claro: lo único que el alcalde de Nueva York quiere limitar es la disponibilidad de las bebidas super-extra-grandes que se sirven en todos lados por unos centavos más. Nada impide a un amante de la Coca-Cola o cualquier otra bebida azucarada, el pedirse siete vasos de la misma y bebérselos uno detrás de otro. Lo mismo que fumarse tres cartones de tabaco seguidos o beberse cinco botellas de vodka. La libertad individual de jorobarse la salud como a uno más le guste ha quedado intacta.

Hablemos ahora de una serie de hechos científicos, probados y demostrados una y otra vez en experimentos de laboratorio. Por una parte, el cerebro humano no está diseñado para calcular de forma precisa los volúmenes de formas geométricas. Cuando pidieron a los sujetos de uno de estos experimentos calcular la diferencia entre el contenido varios vasos de plástico tipo los que se dan en el cine llenos de refresco, la gran mayoría calculó por debajo. En otro conocido experimento, les dieron palomitas a una serie de individuos mientras veían una película. No importa el tamaño que les dieran, siempre paraban al llegar al fondo del recipiente. En otras palabras: en cuestión de porciones gigantes, la mayoría de los humanos no somos muy buenos calculando y controlándolas.

Estados Unidos es el paraíso de las porciones mega-gigantes. Si ha ido de visita a este país seguro que le han sorprendido las bañeras de ensalada que se sirven en cualquier restaurante o los platos de pasta de los que puede comer una familia durante una semana. Esto es problemático con respecto a los alimentos sólidos, porque mucha gente tiende a comer de más (como lo demuestran los enloquecidos índices de obesidad adulta e infantil en Norteamérica). Pero si se trata de bebidas azucaradas el caso es mucho peor. La sensación de saciedad que produce el llenar físicamente el estómago, nos obliga a parar y por tanto a limitar el número de calorías que estamos ingiriendo. En las bebidas azucaradas, estas calorías entran de forma líquida sin causar esa saciedad. Nos bebemos las calorías sin darnos cuenta.

Una lata regular de refresco tiene entre 10 y 12 cucharaditas de azúcar puro, que se traduce en 140 calorías. En una superbebida de las que compramos en el cine, caben tres latas de refresco, que equivalen a 420 calorías del azúcar (o una hamburguesa mediana). Las calorías del azúcar se consideran calorías vacías porque no aportan ningún tipo sustancial de vitaminas o minerales. Pero además, el azúcar puro desencadena en cuestión de minutos una reacción orgánica (desastrosa para los pre-diabéticos y diabéticos) que acaba en una sensación de hambre más aguda al cabo de poco tiempo. Es un círculo vicioso.

Prohibir la venta de estas bebidas está en la misma línea que prohibir los anuncios de tabaco, o dificultar el acceso a los cigarrillos en las tiendas. En Estados Unidos, donde ha habido un fulminante descenso del tabaquismo, los cigarrillos se guardan detrás del mostrador y sólo pueden acceder a ellos los dependientes.

Así que no, no se trata del gobierno haciendo de niñera y diciéndonos lo que podemos comer y lo que no, sino protegiendo la salud pública de los desmadres de la industria del azúcar, como ocurrió en su momento con las tabaqueras. Hace años, cuando empezó la guerra contra el tabaco hubo estudios y más estudios con respecto a la composición de los cigarrillos y las consecuencias directas para la salud de fumar, que inclinaron la balanza hacia la limitación de la adquisición de cigarrillos.

Hoy en día las investigaciones para explicar la epidemia de obesidad en los países industrializados están apuntando a un campo interesante: la neurociencia. Hay millones de dólares invertidos ahora mismo para determinar si existen alimentos que pueden causar una adicción en el individuo, igual que la que crea el alcohol o el tabaco. La Administración Obama anunció hace unas semanas su intención de respaldar económicamente la investigación en el funcionamiento del cerebro humano, una nueva frontera científica igual que lo fue en su día descifrar el genoma humano. Esperemos que los resultados confirmen que las ideas del alcalde de Nueva York no son tan descabelladas.

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