La ventana

Luis Carlos Peris

A buenas horas, mangas verdes

LO de a buenas horas, mangas verdes viene que ni al pelo en este asunto de la concesión de la Medalla de las Bellas Artes a Pepín Martín Vázquez después de muerto. Es como aquella batalla que ganó El Cid en las playas de Gandía metiéndole el miedo el cuerpo a los moros a pesar de que ya era un fiambre. El pobre Pepín se ha ido de este mundo sin el reconocimiento oficial, que ni falta que le hacía. Conociéndole se sabía que le importaba una higa lo del medalleo, pero, caramba, los encargados de decir quién la merece bien podían haberse dado algo de prisa, que pasaron ya sesenta años de sus mejores días de torero. Ha tenido que morirse para que al gran Pepín lo equiparen al puñado de toreros de medio pelo que ya fueron condecorados, de toreros que alcanzaron esta gloria artificial mucho antes que él. No sé cómo habría reaccionado él ante esta distinción, pero seguro que no habría habido volteo de campanas.

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