La ciudad y los días

carlos / colón

La calle es mía

UNA nube de costaleros se expande por la calle como las langostas de la plaga de Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille. Los bares lo agradecen. Grambrinus da saltos de alegría. Está claro que la Cruz del Campo no fue solo uno de los posibles orígenes de nuestra Semana Santa, sino su meta y su unidad de destino en lo universal. Con la vanguardia costalera que va llenando los bares llegan las groupies del kostalerismo, los aficionados que no pueden resistirse a ver un paso con o sin imágenes sobre él y el entrañable cortejo de novias, esposas, hijos con costalitos, madres y demás parientes que tienen asegurada alguna levantá con lagrimones y abrazos. Porque se pone "musho corasssón" en estas cosas.

Los turistas se hartan de hacer fotos a las andas vacías, tal vez pensando que es la representación de la nietzschiana muerte de Dios. A su lado van los hermanos responsables de estas cosas, con el aire meditabundo del sayón que se coge la barba detrás del romano del paso de la Sentencia. Se ensayan las voces castizas -"fulaaaanoooo"… "¿quééééééé?"- que tanto aire de antigua autenticidad popular dan a la representación. Hay recreo en la suerte, y arriás y levantás a granel. El coche o el taxi ocupado que tenga que esperar, que espere: ¡la calle es mía! Se oye el "esto stákiyá" tan propio de estos días, dicho por un entusiasta que no se pierde ningún vía crucis, traslado o ensayo.

Estas cosas sólo dañan a la Semana Santa, que ya no tiene nada de lo primero -es la única semana del año que dura 10 días en vez de siete- y cada vez menos de lo segundo. Y la Semana Santa tiene tantos responsables -60 hermanos mayores, otros tantos directores espirituales, 1140 miembros de juntas de gobierno y 21 del Consejo, un delegado diocesano, un arzobispo auxiliar y un arzobispo- que lo sensato es seguir el "ni fía, ni porfía, ni cuestión con cofradía" que tanto citaba don Santiago Montoto.

Pero, por ser asunto cívico y no sólo cofrade, hay que decir que es intolerable que estos ensayos se realicen en horas, lugares y días tan inoportunos como las nueve de una abarrotada noche de sábado en céntricas calles con tráfico rodado. ¿Tenían permiso municipal? Si lo tenían, ¿cómo es posible que el Ayuntamiento se lo haya dado para ese día, lugar y hora u otros igualmente molestos? Vía crucis y ensayos abusan tanto del espacio público que dan la razón a quienes, no teniéndola en casi nada, nos aborrecen.

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