juan moya gómez

La campana de la vida

El encuentro con Dios. Cristo, camino del sepulcro, vuelve a recorrer las calles de Sevilla repartiendo a su paso vida y esperanza, acompañado por un lúgubre tañido de luto

EN una lapidaria frase venía a exponer un filósofo alemán que hay dos formas muy simples de poder llegar hasta Dios: o bien se le busca o bien, si se pretende esquivar su presencia, antes o después terminas encontrándotelo inevitablemente.

Los hombres, ociosos y enredados como estamos con las preocupaciones que a diario nos atormentan, con las obligaciones que nos creamos y las diversiones que nos rodean, tendemos por comodidad a escoger la segunda de esas opciones, y preferimos que sea Dios el que salga y venga a nuestro encuentro y se nos manifieste en los distintos avatares de nuestra vida cotidiana. Así ocurre en la mayoría de casos, excepción hecha de aquellos momentos en los que la existencia nos depara tener que hacer frente a una difícil situación económica o personal. Entonces, y sólo entonces, somos los hombres los que raudos buscamos el encuentro con Dios para exigirle responsabilidades o, en el mejor de los casos, para pedirle explicaciones por esa situación en las que Él nada tiene que ver.

Hoy, justo a la hora en que empiece a marchitarse la tarde y el sol se despida perdiéndose tímida y lentamente entre los viejos tejados de nuestra ciudad, tendremos una nueva posibilidad de contemplar a ese Dios que incansable vuelve a salir presuroso a nuestro encuentro para volver a darnos la vida. Será en San Andrés, donde el tradicional sonido de una lúgubre campana, nos recordará con su tañido que cumplido está el preciso momento en que Cristo camino del sepulcro vuelva a recorrer las calles de Sevilla repartiendo vida y esperanza.

Quienes alguna vez lo vieron pasar podrán atestiguar que, más allá de esa portentosa figura que todo lo inunda y lo eclipsa, ese Cristo de la Caridad transmite desde su cuerpo inerte una sensación de paz y tranquilidad que sosiega el alma de todos aquellos que en su auxilio acuden para calmar sus necesidades. De su dulce y plácida mirada nace perenne el bálsamo que sana todas las angustias y los quebrantos, y de su boca entreabierta parece aún hoy querer escaparse las palabras que resuenan como un eco imperecedero "venid a mí los que estéis cansados y oprimidos, que yo os aliviaré" (Mt. 11, 28), porque "yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn. 14,6). Es la paz que vence a la zozobra, es la vida que vuelve en su máxima extensión a florecer frente la muerte. Es Cristo hecho carne a través de la madera viviente.

Alegoría perfecta, juego simbólico entre la vida y la muerte, que se hace extensible a todo su paso de misterio. Si nos detenemos a observarlo con detenimiento podremos ver como en esa escena se encuentran representados los valores más bellos y seguros que podemos encontrar: la caridad y la misericordia de unos hombres entregados a Dios; el amor de unas mujeres que nunca lo abandonaron y la esperanza, siempre la esperanza, que brota incansable de esa mano derecha tendida, de esa rosa que cada Lunes Santo se empeña en aflorar entre tanta muerte.

Tiene ese misterio el regusto de cofradía antigua que en sus pocos más de sesenta años de historia ha sabido comprender y valorar los pilares en los que deben asentarse los principios de cualquier hermandad. No le ha hecho falta más tiempo a Santa Marta para apreciar que a Dios sólo se llega con la caridad y la entrega a los demás, le ha sobrado tiempo para entender que la formación es una necesidad imperiosa para que los cofrades puedan hacer valer con firmeza sus valores en una sociedad que cada día se empeña más en arrinconarnos y apartarnos. Tiene esa hermandad un sitio y respeto que a lo largo de los años se ha sabido ganar a base de su buen hacer y el silente y callado trabajo, ese del que es buena muestra la junta que ahora cumple su mandato.

Cuando la campana de San Andrés vuelva a resonar desde lo alto de la espadaña recordad que es Dios mismo el que sale a nuestro encuentro, que es Dios hecho carne el que se entrega a nosotros ofreciéndonos ante nuestras preocupaciones el cobijo de esa mano derecha tendida donde reside nuestra paz y nuestra calma. Ten tu alma preparada y dispuesta, para contemplar como al final, frente a la muerte doliente, renacerá siempre la vida emergente.

Juan

Moya Gómez

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