el poliedro

José / Ignacio Rufino

O cde : Podemos no es el lobo feroz

Tras alabar la reforma laboral española, Gurría advierte de los excesos del ajuste y reclama inversión pública

PASÓ en los setenta con el aceite de oliva y el pescado azul, que fueron condenados cual galileos de la alimentación, y en las casas se abandonaró a la gloria de la aceituna y se comenzó a freír y aliñar con girasol; las sardinas asadas pasaron a ser pecado para las arterias por prescripción científica y médica, y ahora su elixir de sebo, el Omega-3, de nuevo forma parte del santuario de la alimentación saludable. Ha pasado más recientemente con el colesterol y su relación con algunas grasas, como la del jamón ibérico que, albricias, no sólo no son malas, sino que pueden ser buenas en ciertas situaciones (lo cual ha llevado a algunos a desayunar panceta de cochino negro a diario, que tampoco, oiga). Pasa en otras ciencias, ya sociales, como la Pedagogía: las propuestas educativas evolucionan que es una barbaridad, y las discrepancias de sus teóricos van del blanco al negro. Y sucede con la Economía, una ciencia discutida y atacada con bastante razón cuando la recesión hizo palpable su inacción práctica: entre otros motivos, porque ha habido años en los que el Nobel del ramo se ha otorgado a estudiosos que proponen justo lo contrario en ciertos asuntos.

Los centros de estudios y los think tanks (tanques o depósitos de pensamiento) emiten estudios con periodicidad acerca de cómo va la economía y cómo se prevé que va a ir. Para ello, seleccionan una serie de variables (nivel de desempleo, crecimiento del PIB, tipos de interés, muertes por enfermedades coronarias, consumo de sardinas y jureles: lo que el estudioso considere más oportuno), las miden, las combinan en un modelo teórico, echan los datos a pelear y obtienen resultados, de los que sacan conclusiones, sea sobre el presente o sobre el futuro. La credibilidad y la difusión de los estudios depende de quién elabore el estudio -de los expertos- y quién patrocine su trabajo (institución o banco que, normalmente, tiene un interés ideológico o empresarial en que la jugada se vea de cierta forma que convenga a sus intereses, y así quien hace política se vea condicionado a tomar unas y no otras medidas). Suceden con esto dos cosas que mueven a la perplejidad, si no a la desconfianza o al rechazo: primero, que dos centros de estudio -por ejemplo, CCOO y FAES- concluyan cosas distintas y hasta contrarias sobre la misma cuestión, y segundo, que en no pocas ocasiones sus predicciones fallen cual escopeta de feria de pedanía (paradigmáticas resultan las pifias del FMI en su era Rato).

La OCDE es un think tank global de primer orden. La institución que aglutina a 34 economías de entre las más ricas del planeta suele preocuparse de algo más que la "ortodoxia" (no confundir con la "única vía" ni con "la verdad"), y hace gala de su objeto fundacional: mejorar el desarrollo económico y social del mundo. Tras alabar la reforma laboral española, su presidente, Ángel Gurría, advierte que "la austeridad ha prolongado la crisis" en países como España (nuestros recortes han sido drásticos, de más del 10% en Educación y en Sanidad). Para contrarrestar los males provocados por la cirujía sin anestesia, pide mucha más inversión pública. Justo lo que Podemos pide más que ningún otro partido en su programa económico: aumentar el esfuerzo estatal y esperar así crecer o, al menos, crecer por la parte pública, y no sólo por el consumo privado y los impuestos a los de siempre. La OCDE parece ser más adaptativa que otros centros de estudios más monolíticos e ideologizados Hace cuatro años pedían contrato único, subir el IVA y reducir cotizaciones. Ahora piden que el Estado asuma lo que la iniciativa privada o no puede o no se atreve a asumir. Parece que el contexto les importa. Quizá va siendo hora de dejar de temer al lobo feroz, e intentar pensar y gestionar, y no practicar el erre que erre con forma econométrica y debidamente modelizada.

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