la ciudad y los días

Carlos Colón

La cebra coja

LOS populares han hecho lo que tenían que hacer -lo que Europa les ha mandado hacer- y no habían hecho sus predecesores socialistas. Por muy manoseado que esté, no deja de ser cierto el argumento de la herencia. Si Zapatero hubiera hecho lo que la realidad le exigía se habría atenuado la dureza de estos brutales recortes que, me temo, habrán de endurecerse aún más. Pero lo han hecho tarde y mal.

Tarde porque han estado dando capotazos hasta que les han puesto entre Bruselas y la pared. Mal porque el mayor sacrificio se exige e impone a las clases medias y trabajadoras. La cebra coja es siempre la víctima del león en el darwinismo económico. Los funcionarios, los trabajadores, los autónomos honrados, los dependientes y sus familias, los enfermos o los jubilados son esta cebra coja. Las grandes fortunas, los defraudadores, los banqueros sin escrúpulos que ahora tienen la desvergüenza de pedir perdón por vender productos complejos a analfabetos que firmaban con su huella dactilar, los financieros politizados o los políticos dados a jugar con entidades financieras que quiebran sumiendo a muchas familias en la ruina, son las cebras sanas que se salvan.

España debe ceder autonomía financiera y las comunidades autónomas deben ceder autonomía administrativa (un país con 17 administraciones infladas hasta lo grotesco no puede sobrevivir en esta situación y esta Europa). El PP y el PSOE deben consensuar posiciones (de IU lo más que cabe esperar es lo que Cayo Lara, con demagógica camiseta minera, dijo a Rajoy en el Congreso: "usted ha echado gasolina a las calles de este país"). El PP debe repartir equitativamente la carga de los sacrificios y tender una mano a los socialistas, aunque se la retuerzan. El PSOE debe superar la tentación de desgastar al Gobierno al precio de hundir a España. Los virreyes autonómicos deben controlar el despilfarro de sus cortes y reducir el número de sus cortesanos (a fecha de hoy las comunidades autónomas sólo han liquidado dos empresas públicas de las 600 previstas).

Vivimos tiempos distintos, afortunadamente, a los años 40 y 50. Entre otras cosas porque son democráticos y estamos integrados en Europa. Pero también muy duros. Nos han quitado hasta el pavo de Vázquez o de Ibáñez que alegraba las Navidades de las familias Cebolleta y Trapisonda. En los años 40 y los 50 se fue de la gran hambruna al hambre, del hambre a lo justito y de lo justito, cuando llegaron los 60, a un mínimo bienestar. Ahora vamos en dirección contraria: del consumismo a la restricción, del despilfarro a la sobriedad, de lo superfluo a lo necesario. Es menos traumático, pero más difícil.

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