RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Los chicos de oro

Toda derrota honrada tiene un resto final, agonizante, de un cierto prestigio literario. Una de las razones poderosas que han sostenido siempre esta teoría, la de la derrota épica, la del vigor esquivo del triunfo y el falso brillo áureo del triunfo, radica en la tendencia universal a identificarse con los perdedores. A nadie le interesa la historia verdadera del general Santa Ana, sino la epopeya de David Crocket y su muerte en El Álamo, del mismo modo que el Paso de las Termópilas ha quedado intacto en la leyenda por la resistencia onírica del rey de Esparta Leónidas, pero no por el triunfo casi definitivo del rey Jerges. El cine y la literatura ha tenido mucho que ver con este malditismo de los héroes, y también el deporte, y es así cuando se habla de "victoria moral" o "vencedores morales", lo que termina siendo tan frustrante como la "derrota dulce" tras unas elecciones generales, que de dulce tiene poco y sí de amarga firmeza.

Lo que sucedió ayer con nuestros chicos de oro, con Pau y con Marc Gasol, con Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro, con Berni Rodríguez y Álex Mumbrú, con Ricky Rubio y Raúl López, con Garbajosa y con el lesionado Calderón, con Carlos Jiménez y con el impresionante Rudy Fernández, no fue "una derrota dulce", ni una "victoria moral"; fue, sencillamente, una victoria a secas, un momento único en la vida. La NBA ha enviado a los Juegos Olímpicos de Pekín la mejor selección que se recuerda, sólo por debajo, y habría que comprobarlo, del Dream Team original de Michael Jordan, Larry Bird y Magic Johnson. Estados Unidos jugó como Estados Unidos, como una apisonadora de músculo y talento. ¿Y España? No se puede jugar mejor: es imposible. Ahora, de verdad, no importa que al final fueran segundos, no importan los pocos puntos de ventaja, ni importan las ayudas arbitrales, ni importa el posible trato de favor, quizá pactado, hacia la selección estadounidense tanto en sus excesos en defensa como en no pitar los pasos que hacían a cada jugada… Nada de eso importa. Esta plata no es como la otra, que fue mítica. Esta plata es otra cosa, esta plata es un oro. Ellos, Rudy Fernández y los otros, han vuelto con el oro verdadero, pero en realidad no lo saben.

Si el deporte tiene algo de belleza, si está realmente cerca de una cualidad quizá poética, los jugadores de la selección española de baloncesto han estado cerca, la han tocado, la belleza poética, una perfección de la canasta. En 1984, un jovencísimo Jordan, secundado por un peludo Chris Mullin y unos corpulentos Sam Perkins y Pat Ewing, pasaron por encima de Epi y de Romay. Esto, en cambio, fue una fiesta, un partido único. Una gloria más de estos chavales. Una verdadera maravilla.

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