Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Con cien balones por banda

UN grupo de chavales se dirigían al instituto finalizada la hora del recreo. Casi todos llevaban el mismo libro abierto por la misma página. Probablemente tendrían un examen sobre un señor con barba que distinguí a los lejos. No pude resistir la curiosidad y le pregunté a una de las colegialas. Me dijo que era Clarín. Ésas sí que son Alas, don Leopoldo, que la juventud le lea camino de las preguntas sobre Vetusta, Ana Ozores o los paralelismos con Valera. Ver la barba de Clarín en plena calle era como si alguien hubiera pagado la fianza para sacarlo de las mazmorras del academicismo, del tedio de los manuales.

Es digno de aplauso que el presidente de un equipo de fútbol aproveche una arenga deportiva para difundir el noble arte de la poesía. Lo de menos es que José María del Nido le atribuyera a Gustavo Adolfo Bécquer los versos más conocidos de Espronceda. El abogado sevillano tiene alma de canterano y siempre barre para casa. Lo que no le hubieran perdonado quienes le escucharon, con cien balones por banda, es que confundiera a Manolo Jiménez con Juande Ramos.

El idioma español, me gusta llamarlo como lo conocen en América, el continente donde más y mejor se habla, es considerado por ciertas élites del nacionalismo catalán como brazo desarmado del centralismo. Si es un invasor, se ha colado hasta las entrañas de los invadidos. Ha tenido mucho eco la intemperancia verbal del diputado de ERC Joan Tardà, que ha usado un españolísimo Muera el Borbón en un país de mueras y de fueras. Pero es mucho más importante que con muy pocos días de diferencia dos Juanes barceloneses, Juan Marsé y Juan Goytisolo, recibieran el Cervantes y el Nacional de Literatura. Si nos atenemos a la valía de sus novelistas, no hay ciudad más española que Barcelona: donde crearon sus universos Carmen Laforet, Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gil de Biedma, Carlos Barral, los tres Goytisolo, Eduardo Mendoza, amén de los escritores del boom que allí se forjaron como autores de multitudes.

Dudo que haya un edificio adscrito a la Consejería de Cultura que haya colgado en sus paredes carteles con los rostros de Antonio Machado, Federico García Lorca -éstos entran dentro de lo autonómicamente correcto-, Ramón María del Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós, José Lezama Lima y Álvaro Cunqueiro. Los seis me miraban el otro día desde las paredes de la biblioteca del CLIC, escuela de idiomas en la que mis hijas intentan ganar la batalla del inglés que yo perdí cuando me enfrenté a los elementos. Es una lección de Bernard, el alemán que dirige la escuela, una prueba de generosidad con quienes hicieron tan rico nuestro idioma y fueron poeta en Nueva York, profesor de Francés o traductor de Hölderlin.

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