Relatos de verano

Nerea / Riesco

Ni colorín, ni colorado (II)

El enorme libro descansaba con las páginas desplegadas sobre las rodillas de Mario como un ave marina agotada de surcar océanos mientras él se adentraba en la historia. Recorría cada línea con la punta de los dedos pero, en ocasiones, cerraba los ojos y recitaba como si conociese palmo a palmo cada detalle.

-Érase una vez una bella niña llamada Luz -leyó-, de cabello y ojos azabaches que paseaba cada día descalza por el jardín botánico de París. Llevaba atadas a la espalda dos alas hechas con alambres y tul y se ceñía la cabeza con una coronita de jazmines que ella misma trenzaba después de desayunar. En su mano siempre aferraba un cazamariposas con el que atrapaba poemas para desquitarse de la sordidez de su vida.

Entonces Mario levantó la vista para intentar explicar ese párrafo.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero el Jardín Botánico siempre ha tenido una agradable propensión a los sueños, a que los insectos suban por las piernas y la melancolía baje por los brazos hasta que uno cierra los puños y la atrapa. Después de todo el secreto es mirar hacia arriba y ver cómo las nubes se disputan las copas y ver cómo los nidos se disputan los pájaros

Y siguió contando que la niña no le tenía miedo a la frondosidad de los árboles porque llegó al mundo en el seno de una familia tan atroz que ya tenía el cuerpo curado de espantos; las sombras amenazantes de las araucarias le hacían cosquillas en las plantas de los pies y el aterrador ulular de los búhos le provocaba bostezos. Hasta que llegó el feliz momento en el que la dejaron salir sola de casa, lo más que pudo hacer para evadirse de su realidad fue leer todos los volúmenes de la librería que regentaba su familia y sortear las palizas de un padre tiránico. Por eso no era de extrañar que la niña, desde bien pequeñita, tuviese una habilidad especial para discernir problemas, porque ya tenía el corazón curtido a la tierna edad de once años.

Porque eres linda desde el pie hasta el alma porque eres buena desde el alma a mí porque te escondes dulce en el orgullo pequeña y dulce corazón coraza

Un día descubrió que un niño flacucho y desgarbado la observaba escondido a la izquierda del roble. Enseguida reconoció en el brillo opaco de sus ojos ambarinos la desgracia del que está solo en el mundo sin saber soñar porque nadie fue lo suficientemente compasivo como para darle el consuelo de enseñarle a leer.

A lo largo de su vida Luz había tenido que enfrentarse a varios retos pero en ninguno puso tanto interés como en alfabetizar al chiquillo de los ojos tristes. Se reunían cada tarde en la parte más tranquila del jardín botánico. Ella llegaba arrebolada, con las manos frías, con el corazón batiéndole con fuerza porque aprovechaba el sopor que a su padre le entraba tras el postre para salir corriendo, sorteando así un día más su mal genio. Sólo se sentía segura cuando veía la figura lánguida del niño esperándola de pie, muy serio, justo a la izquierda del roble. Entonces ella suspiraba tranquila y le decía:

-Tengo algo que contarte.

Y él se sentaba a escucharla recitar, maravillado de que un poema pudiera resumir en catorce versos lo que un hombre llevaba atrapado en el pecho. Así fue como el niño conoció la retórica y se dio cuenta de que las palabras tenían mucho más poder que las armas o el dinero; que, si se sabía utilizar la palabra precisa en el momento adecuado, se podía llegar a embajador o incluso a comerciante de alfombras.

El niño la adoró desde el primer día en el que posó sus ojos tristes -los de él- sobre sus pies descalzos -los de ella-. Posiblemente ella tardó un par de semanas más en darse cuenta de que su cercanía -la de él-, le provocaba los mismos sentimientos. Y aquel descubrimiento -el de ella-, entró de golpe en su alma sin darle apenas tiempo a reaccionar, resquebrajando su coraza -la de ella-. Y así un buen día su cuerpo -el de él- percibió su aroma -el de ella-; el aroma de la dicha.

Su sonrisa la de ella era como un augurio o una fábula su mirada la de él tomaba nota de cómo eran sus ojos los de ella pero sus palabras las de él no se enteraban de esa dulce encuesta

Pero ese amor adolescente de novela rosa no les libró de la fatalidad y alguien se acercó a la librería de la familia para estamparle al padre de Luz el cuento del niño desarrapado que vivía como un salvaje en el jardín botánico. Le explicó que todo el mundo sabía que los chiquillos se encontraban a escondidas a la izquierda del roble y que los vieron alguna vez tumbados bocabajo, buscando tréboles de cuatro hojas, riéndose con toda la boca.

-¡Eso es imposible! -protestó el padre que no podía imaginar a su hija en semejante estado de júbilo porque en la casa apenas hablaba.

Pero enseguida se dio cuenta de lo que ocurría y se sintió ridículo. Aquella hija suya se burlaba de él justificando sus salidas con inocentes paseos entre las flores, cuando en realidad lo que hacía era revolcarse en la hierba con un seductor. Juró que ese maldito ladrón de honras pagaría caro su atrevimiento. Agarró la escopeta de cazador de ciervos que tenía colgada sobre la chimenea y tomó el camino que separaba su casa del jardín botánico resoplando como una bestia herida y jurando venganza eterna.

Luz le intuyó mucho antes de verle. Entonces se puso a temblar de miedo pero aún tuvo tiempo de acercar su boca al oído del niño y susurrarle unas cuantas frases antes de levantarse a toda prisa y pedirle que se fuera.

-Mi padre está cerca. Si te coge te mata… así que ¡corre! -gritó-. Lo más lejos que puedas.

Y el niño escuchó un disparo e intuyó que su vida pendía de un hilo. Echó a correr, tal y como ella le había pedido. Corrió durante minutos, horas, días… hasta que estuvo muy lejos, pero durante todo el camino, la voz cadenciosa de Luz le resonaba en la cabeza con las últimas palabras que recitó en su oído.

No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves

-No te salves -repitió él-, no te salves.

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