La tribuna

Emilio Gónzalez Ferrin

Las cometas de Pakistán

LA región paquistaní del Punjab es la puerta, cerrada en falso, del Islam a la India. Igual que Bagdad lo es a lo persa y Estambul a lo caucásico. En el Punjab hay algunos idiomas cuyos nombres no sé pronunciar y que hablan millones de personas. Un filólogo estándar se siente allí como un astrónomo con microscopio: tres o cuatro alfabetos retorcidos en una sola ciudad, y la gente hace cola en la puerta de los karaokes para deletrear subtítulos imposibles. En ese mosaico, no resulta atípico que su fiesta nacional no rememore hazañas ni revueltas, sino la muerte en 1938 de un poeta y ensayista: Muhammad Iqbal. Dijo que la India musulmana es Asia en miniatura, como un jardín botánico con todas las variedades florales de Oriente. Pura poesía. De hecho, el libro que se editó con motivo de los cincuenta años de vida nacional se llamó Una libélula al sol, recopilación de poemas. Tal es la importancia de la lírica en Pakistán que un taxista secuestró a un poeta, manteniéndolo en cautividad hasta que logró que le recitase todos sus poemarios.

Cuando te paseas por las ciudades del Punjab, la gente se empeña en traducirte los nombres de flores que no cortan. Y con tal afluencia de colorido, lírica y tradiciones, uno piensa que los padres deberán doctorarse para contarles cuentos a los niños. Se doctoran en literatura, y también en física. Porque, además de la poesía, los paquistaníes tienen la bomba atómica. Según parece, también por imperativo poético, por solidaridad vecinal con la India. Porque con tanta trascendencia lírica, aquí la gente debe matarse por equivocación. Así que es probable que Benazhir Bhutto haya muerto por error; pura casualidad o influencia pagana de los karmas indios vecinos. No casa con la idílica imagen que Pakistán tiene de sí mismo eso de que una pistola entre por la ventanilla de un coche y a la vez se active el mecanismo de un cinturón-bomba.

Por el Punjab fluye libremente el río Ravi. Cuando deja de llover, los elefantes comienzan a secarse a sus orillas, y el polvo del tiempo sale de sus refugios. Por eso creo que Italo Calvino debió hacer escala allí, dando forma a uno de sus iconos poéticos: todos deberíamos tener derecho a sentir el olor de los elefantes después de la lluvia. Sí; pura poesía paquistaní. Los menos dotados para estas artes tendemos a pensar que todos deberíamos tener derecho a bajar la ventanilla del coche y no tener que acompañar al infierno a un majadero con cinturón de bombas. Pero será que no comprendemos el Oriente profundo. La trascendencia vital de que hacen gala los habitantes de esos rincones del mundo. Rincones en los que, en realidad, es la muerte la que está más cerca del hombre o la mujer que su propia vena yugular, como sin embargo dicen de Dios los barbudos gritones.

El presidente de Pakistán es el militar reconvertido Pervez Musharraf. Su poder es absoluto porque es de uno, pero la vida es relativa porque es de un pueblo millonésimo. En la primavera del Punjab, cada niño hace volar su -ya digo- millonésima y tímida cometa, que en el cielo se desinhibe. Resulta amenazante tal explosión de color que acaba tapando al sol. El presidente suele sonreír a esas cometas primaverales, reflejo colorido del pueblo en el cielo. Imagino que la ráfaga de viento que las mueve a todas juntas es el combustible de las pesadillas del hierático general. El miedo a la suma de voluntades de un pueblo omnipresente. A los miles de rikshaws que se paran hasta que él pase envueltos en el ceremonioso y expectante silencio oriental. Si mañana apareciese un presidente distinto moviendo las cuerdas de la calle, se le haría el mismo atento caso efímero. Aquí, las cuerdas que mandan son las de las cometas en esta fiesta peculiar. Por eso, los presidentes van y vienen, puestos o depuestos por potencias extranjeras que enseñan a sus candidatos a bajar las ventanillas de los coches. Por lo mismo, esos presidentes aprenden a rezar, aunque hayan estudiado en la Turquía laica, como en el caso de Musharraf. Para que la calma chicha de los tiempos no arroje todas las cometas contra el parabrisas de su coche.

Nada va a cambiar, porque hay una extraña y sublime percepción compartida de que las cosas van a seguir siendo lo que tengan que ser. Que la Historia futura está ya escrita desde hace mucho. Ésa es la maldición de este Islam que están inventando. No sus perversiones terroristas o sus efluvios neo-califales. Y ésa es su verdadera amenaza, no contra nadie en concreto, sino contra todo modo de vida que no asume las ráfagas del destino, o del viento, o de cinturones al otro lado de la ventanilla.

Pueden ser los efectos del Oriente empantanado, pero siempre acaban teniendo razón los lunáticos del destino escrito. Les reconfortará saber que todo va saliendo según lo previsto, que diría Darth Vader.

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