En tránsito

Eduardo Jordá

Cuando las cosas se tuercen

HACE años, en los felices ochenta, conocí a un tipo que tenía un solo lema en la vida: "Vivir bien". Nadie sabía en qué trabajaba, pero se le veía a todas horas por todas partes, a veces en moto, a veces en coche, siempre con un modelo distinto. Como no podía perder tiempo cocinando, comía en restaurantes y siempre pedía chuletones de buey y morcillas de Burgos. Después de los postres pedía una botella de Armagnac (que pronunciaba a la francesa, "aggmañac", ante el atónito camarero que no entendía nada). Por las noches, la actividad de aquel tipo era aún más frenética. Bebía, bailaba y ligaba hasta las tantas (y si no ligaba, ya sabía en qué establecimiento podía "suplir su transitoria carencia emocional", como diría un psicólogo). Después de sus juergas volvía a casa al amanecer, pero a las diez ya estaba rulando de un lado a otro en su moto o en su Ford Scorpio. Como es natural, aquel tipo consumía cantidades ingentes de cocaína. Un día sufrió un infarto. Cuando se recuperó, todavía en el hospital, se dedicaba a refunfuñar contra el camello que le vendía la coca: "El muy cabrón me pasaba perico de mala calidad. Todo es culpa suya. Cuando salga de aquí, se va a enterar".

No sé si el camello llegó a enterarse, porque aquel simpático vividor tuvo un segundo infarto del que nunca se recuperó. Pero me acuerdo de él cuando pienso en la situación actual de España (y de Europa). Desde hace un tiempo nos hemos acostumbrado a culpar a alguien que nunca somos nosotros de todo lo que nos sale mal. La responsabilidad individual se ha volatilizado. Hay gente que habla de la crisis económica como si fuera un extraño virus mutante traído por una nave alienígena. Pero todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. ¿O es que no hemos trabajado poco y mal, a la vez que exigíamos buenos salarios y estupendas condiciones laborales? ¿O es que no hemos vivido sin plantearnos nunca que los buenos tiempos podrían acabarse? Y que conste que no hablo de los inmigrantes que se han matado a trabajar en los invernaderos o en la construcción, ni de las cajeras de supermercado que sobreviven con 400 euros a mes, ni de los que pagan una hipoteca monstruosa por una vivienda que compraron a un precio absurdo. Hablo de muchos de nosotros que hemos vivido -y yo el primero- por encima de nuestras posibilidades.

El destino de una sociedad desarrollada se construye con millones de decisiones individuales, no se decide por un destino trágico ni por una calamidad colectiva. Y cuando las cosas se tuercen, no podemos culpar al camello desalmado que nos vendía droga adulterada. Hemos sido nosotros, con nuestra propia conducta temeraria y nuestra indiferencia suicida, los que hemos hecho posible lo que está pasando.

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