En abierto

Una criatura de diecisiete añitos

CUALQUIER adolescente de su edad soñaría con tener siquiera el autógrafo de Pau Gasol para enseñárselo con complicidad a sus amigos. Sin embargo, Ricky Rubio no sólo no le rinde pleitesía al gigante catalán, como éste se merece por cierto, sino que es capaz de pasarle el balón por la espalda en los momentos más calientes de un partido de los Juegos Olímpicos, tal y como lo hubiera hecho el mismísimo Magic Johnson.

La asistencia de Ricky Rubio no deja de ser una jugada aislada dentro de un partido más de un torneo de semejante envergadura, pero seguro que sirvió para corroborar que posiblemente estemos ante el debut en este tipo de acontecimientos del mayor talento que haya nacido en Europa. El pase mirando hacia otro lado se incrustaba en su recital de robos de balón. Como bien apuntan, los bases rivales, más que dirigir, se conforman con llegar con la pelota hasta el campo contrario.

No es casualidad, pues, que Ricky Rubio ya se enfrentara con sólo quince años, sin desmerecer en absoluto, contra esos mastodontes de ébano que llegan a Europa para llenar sus bolsillos de dólares gracias al espectáculo del deporte de la canasta. Aíto, siempre sabio, tuvo muy claro desde el primer día que aquello no era normal, que aquel aparentemente tímido base que deslumbraba en la cantera del Joventut era el mayor diamante que había caído entre sus manos. Y eso que Aíto pulió, entre otros, a Joaquín Costa, su actual ayudante en el banquillo de la selección, Andrés Jiménez, Juan Carlos Navarro, Pau Gasol y Rudy Fernández. Todos han sido extraordinarios, pero tal vez ninguno de ellos haya sido tan superlativo como este niño de sólo 17 años.

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