la esquina

José Aguilar

Qué culpa tiene el pepino

NO sé si pasará a la posteridad por alguna otra cosa, pero la consejera de Agricultura, Clara Aguilera, ya está en la memoria gráfica de este tiempo, inmortalizada en esa imagen impagable de devoradora de pepinos sin pelar, junto a la de Manuel Fraga en meyba cuando las bombas de Palomares. Dos instantáneas para la Historia, y las dos en tierras y mares de Almería.

A Fraga, ministro de un régimen dictatorial, le costó muchos años convencer a la opinión pública de la inocuidad de las bombas americanas, y aun ahora los vecinos de la zona deben pasar revisiones sobre los niveles de radiactividad en sus organismos. A Aguilera, consejera regional de un Estado democrático, le han bastado unas horas para ver el fruto de su gesto propagandístico. Las horas que han tardado los laboratorios de Hamburgo en descartar a los pepinos españoles como fuente del brote infeccioso de la bacteria Escherichia. coli (cepa 0104).

Qué culpa tiene el pepino, que está tranquilo en su mata, de que venga la ministra de Sanidad de la ciudad-Estado de Hamburgo, Cornelia Prüfer-Storcks -que tiene apellido de medicina o de veneno- y lo ponga bajo sospecha de haber transmitido la bacteria maligna al intestino de centenares de alemanes e incluso de algunos españoles que han pasado por el norte de Alemania. La ministra se ha pasado de precavida. La información de que disponía y la alerta adoptada debieron ser trasladadas a los gobiernos de Alemania y España y oficializadas por éstos, con los matices y cautelas precisos para no causar el pánico, que es lo que se produjo por la precipitación de la señora con nombre de medicina o de veneno.

En las crisis alimentarias, si la autoridad se deja llevar por el pánico todo está perdido. A la autoridad alemana no se le ocurrió tener en cuenta el caso de la atleta española Elena Espeso, que acabó cuarta en el maratón de Hamburgo y lleva diez días hospitalizada allí por culpa de la bacteria: no ha comido pepino durante su estancia en la hermosa ciudad hanseática. Tampoco pensó demasiado en que si el pepino es sospechoso, antes de acusar habría que investigar rigurosamente si la hortaliza viene contaminada de origen o lo ha sido durante el transporte hacia el destino o en el manipulado previo a su consumo.

El caso es que la culpabilización prematura del pepino andaluz ya ha traído pérdidas considerables a nuestro mejor sector exportador. Se han cancelado pedidos de toda clase de verduras, se teme que el miedo paralice las ventas de melocotones, nectarinas y otras frutas alejadas del pepino en todos los sentidos y que hasta en el mercado interior se desplomen los precios. Una desgracia en cadena que debería ser compensada.

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