La tribuna

Jaime Martinez Montero

Más sobre el debate

NO tengo por qué ocultar que esperé con impaciencia el debate, que sentía un ligero cosquilleo en el estómago poco antes de que empezara, como cuando era más joven y aguardaba con impaciencia la retransmisión televisiva de una gran final de fútbol, que se me hizo muy larga la presentación de Campo Vidal, como se me hacían largos los títulos de crédito que antecedían a la entrada en la historia de la película. Una vez pasado, ¿qué decir sobre el mismo? En primer lugar, lo rápidamente que políticos y afiliados se adjudican el triunfo. Ahora entiendo por qué en el fútbol hay un árbitro y unos resultados: porque si dependen estos últimos de las apreciaciones de las hinchadas, todos los equipos serían a la vez campeones. O la diferencia entre uno y otro aspirante es muy estridente o no habrá manera de establecer quién ha estado mejor.

Suele estar muy distorsionada la valoración que del líder del partido contrario hacen los fieles al otro. Respecto a Rajoy y a Zapatero se ha llegado tan lejos en este asunto que se deforma por completo la realidad. El debate ha sido una buena ocasión para que suba la cotización de uno y otro en la estima de los contrarios. No parecía Zapatero un bobo sin recursos, ni Rajoy un comodón indolente y rancio. Las personas que llegan a estos puestos no lo hacen con modales ni con comportamientos propios de hermanitas de la caridad, y cuando se ven atacados a fondo por el rival demuestran su genio, su capacidad de respuesta y por qué han subido hasta el pedestal. El elector fino y objetivo puede predecir, viendo cómo se comportan en esas situaciones, lo que harán cuando se presenten momentos difíciles en la gobernación.

También me llama la atención el arte del disimulo o de pasar de puntillas por asuntos que no les convienen. También se aprende de ello. ¿Se fijaron en cómo uno se zafó del trasvase del Ebro y cómo otro intentaba escurrirse ante lo que le decían sobre ETA? ¿Por qué no nos explicaron las razones que les llevaron a cambiar de criterio? ¿No hubiera sido más iluminador conocer lo que ha sucedido para que se produzca el cambio de estrategia que enterarnos del calificativo que se le otorga al que ha cambiado?

Hubo aspectos misteriosos. Creo que el tratamiento de algunos temas, la ligereza con que otros aparecían y enseguida desaparecían -como de cervantino juego de maese coral-, así como el aguante de imputaciones o de comisión de conductas poco honrosas por parte del uno al otro, no tendría justificación... si no fuera porque espera una segunda parte el día tres de marzo. Ya verán cómo alguno que cree que en algún asunto ha acogotado al contrario puede ver en el próximo turno cómo las cañas se le vuelven lanzas.

Por último, creo que el debate fue apasionado, donde los contendientes se dijeron lo que tenían muchas ganas de decirse. A veces parecía que se imponía el ajuste de cuentas a otras consideraciones. Si se tratara de un partido de fútbol, hubiera sido de estos partidos broncos, donde el público y los jugadores quieren saldar viejas rencillas y tomarse la justicia por su mano. Apenas si se ve fútbol, pero el espectador está tan comprometido emocionalmente con lo que ocurre que se distrae y entretiene más que con la exhibición de un magnífico juego. Pues algo así. Para llegar a la poesía pura decía León Felipe que se aventaran los versos y se quitaran los caireles de las rimas. Hagan lo mismo con el debate. Quítenle las imputaciones, los juicios de intenciones, las menciones al pasado, la atribución de culpas, incluso aunque el concernido no hubiera tenido nada que ver, y verán qué poquito nos queda.

¿No hubiera sido mejor que discutieran sobre las soluciones que aportaban, y no que descalificaran la simple enumeración de las mismas? Fíjense: situación económica, inmigración, terrorismo, educación, autonomías, etcétera. ¿No debería consistir el debate en que se discutieran entre ambos líderes sus respectivas propuestas, los aspectos inconcretos de la oferta del contrario, las dificultades reales de llevarlas a la práctica y las ventajas o facilidades que ofrece el modelo propio? ¿No es eso lo que más nos debería interesar? De este modo nos podríamos hacer una idea de la situación real y de las diversas formas de afrontarla, y al mismo tiempo aprenderíamos algo. En el debate lo más que hubo fueron nombres, titulares, imputaciones, pasado, adjetivaciones, propuestas de titulares. Pero nada de lo anterior sirve, por sí mismo, para arreglar nada.

Finalmente, ¿por qué no se obliga a que en el próximo debate cada uno hable de sus propuestas y se prohíba referirse al contrario, salvo, naturalmente, para elogiarlo?

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