La tribuna

jaime Martínez Montero

La democracia como un acto primitivo

ESO es lo que viene a decir Josep Rull, eminente independentista catalán. En resumen, sostiene que basta la voluntad de los ciudadanos, expresada en las urnas, para que tal expresión se tome como un mandato que la sociedad ha de seguir. ¿Qué mejor cosa para un político que hacer lo que quieren los ciudadanos? En el caso de Cataluña, el asunto se concreta en que del deseo mayoritario de conseguir la independencia se origina inevitablemente un proceso del que nadie se puede sustraer, salvo los no demócratas. ¿Es así? ¿El acto primitivo y generador de la voluntad política sale del pueblo? Pues según. La cuestión es que los independentistas se saltan aspectos fundamentales que no han sido consultados a los ciudadanos. Veamos.

Unas elecciones autonómicas, contempladas así en el propio Estatut, son elevadas al rango de plebiscito sin consultar antes con la ciudadanía. Es más, si otros concurrentes a las elecciones consideran que no procede esa deriva plebiscitaria, tal posición no se tiene en cuenta y no debe prevalecer sobre lo que proclaman los Rull y demás. Pero esto, repito, porque ellos lo dicen y no porque la cuestión haya sido sometida a ninguna consulta popular.

Tampoco se ha sometido a consulta, y ya han dicho que tal cosa no se va a hacer jamás, qué es lo va a ocurrir con los territorios en los que salga triunfador el no. ¿Se les obliga a seguir en Cataluña o podrán unirse al resto de España? Pues ya está decidido y sin preguntarle a nadie. Se quedan en Cataluña y santas pascuas. ¿Y por qué no se les pregunta antes a los concernidos?

En aquella tierra se impuso la inmersión lingüística. Naturalmente, se acentuará tal medida si la independencia se consigue. La enseñanza tendrá como única lengua vehicular el catalán, con independencia de que algo más de la mitad de la población tenga como lengua materna el castellano. Oiga, y esto ¿cuándo lo han preguntado? Llevados del nuevo espíritu democrático, ¿lo preguntarán en el futuro?

También parece que, una vez alcanzada la independencia, ya no habrá marcha atrás. Es decir, que no se convocarán consultas posteriores para ver si hay una mayoría que quiera volver con el resto de España. El plebiscito para conseguir la independencia se puede repetir una y otra vez hasta que salga el sí a la separación, pero no habrá ninguna posibilidad de que la población independizada reconsidere su postura si, por ejemplo, no está conforme con cómo se llevan los asuntos en el nuevo estado. Pues volvemos a encontrarnos con que tal aspecto, de bastante importancia, tampoco ha nacido de ninguna votación ni del deseo libremente expresado de la ciudadanía.

Lo anterior no es un tema menor. Claramente indican los favorables a la segregación que siguen esa deriva porque quieren vivir mejor, tener más recursos y no repartirlos con nadie. Esto no es nuevo, va en el ADN de los seres humanos y preside el comportamiento individual de muchos ciudadanos y muchas familias. Pero supongamos que de golpe en el resto de España se descubre un gran yacimiento petrolífero, o una mina de un material importantísimo para el desarrollo de la economía. Por ejemplo, se descubre que el 90% de las reservas mundiales de grafeno están en Extremadura y Andalucía. La explotación de los nuevos recursos elevaría el nivel de vida de los españoles por encima del de los catalanes. Si alguna vez ese fuera el caso, ¿podrían retornar a la casa común? Si se fueron porque perdían, ¿volverían cuando ganaran? ¿No sería democrático que esto se preguntara también?

En las asambleas universitarias que celebrábamos a finales de los sesenta y principios de los setenta se exacerbaba el espíritu democrático, de manera que en ocasiones se votaba para ver si se votaba. Ya sé que plantearles las cosas así a los adalides de la separación no lleva a ninguna parte. Pero, llevados de ese espíritu de democracia naciente en el que se han envuelto, al menos podrían someter a votación qué cuestiones o asuntos serán sometidos a consulta popular y qué cuestiones y asuntos se van a sustraer de la misma. Si obraran así serían mucho más demócratas.

Soy de la opinión que detrás de todo lo que está ocurriendo aparece un sentimiento de superioridad de lo catalán respecto al resto de España. No se entiende si no la forma que tienen de hacer las cosas. Lo entiendo. Fíjense: de los ciudadanos catalanes emerge, como las flores en primavera, un ímpetu independentista que ha de terminar cuajando en un nuevo estado, al margen de cualquier consideración. Esa potencia catalana parece que no la tiene nadie en el mundo, nada más que ellos. Pero más listos son todavía sus dirigentes, que no sólo interpretan lo que quieren sus ciudadanos, sino que adivinan hasta los matices de ese deseo. Esos matices son los aspectos que he enunciado y que, como ya se los saben los políticos, ¿para qué van a preguntar?

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