La ciudad y los días

carlos / colón

El desierto sobre la ciudad

LAS torres alzándose en el silencio de la tarde calcinada como si brotaran del caserío hasta rebasarlo y quedarse desafiantemente quietas. Ni un vuelo de pájaro es capaz de atravesar el pesado aire que quema. Toda vida ha buscado refugio en la sombra de las casas, de los campanarios, de las grietas de los muros, de los huecos entre las tejas. Se abate el calor sobre la ciudad como una fiebre. El feliz desajuste de los relojes hace que se oigan, unas tras otras, campanas que normalmente no pueden oírse. Ecos lejanos de torres mudéjares se enhebran con los cercanos de la Giralda, Santa Cruz, los Filipenses. En vez de dar sensación de vida, sus toques hacen aún más presente el silencio que permite oírlas, más visible el vacío de plazas y calles, más opresiva la soledad de la ciudad que parece una fortaleza precipitadamente abandonada ante el avance de un enemigo formidable. Es una desmesura el cielo. Esta ciudad llana, sin mar, sin montaña, halla en este cielo pavoroso su punto de locura. Un desierto flotante que la convierte en una de las fabulosas ciudades del Néguev, una Advat, una Haluza, una Mamshit, una Shitva, que en vez de estar rodeada por el desierto lo tuviera suspendido sobre ella.

Subir a la azotea llena el ánimo de esa dulce sensación que suspende por un momento las servidumbres de la vida cotidiana. Como estar refugiado una noche de tormenta en una casita en el campo, golpeando la lluvia el techo, silbando el viento por las junturas de las ventanas, restallando tras ellas la luz de los relámpagos, rugiendo los truenos a través de la chimenea encendida que parece una boca de dragón cuando el viento revoca el humo. Como ver el paisaje desde la cumbre de una montaña o contemplar el mar hasta sentir el vértigo de su carencia de límites. Todo se achica así en las primeras horas de esta tarde fabulosa, empequeñecidos los hombres y sus obras por la furia de este sol que derrama su luz sobre el caserío como si fuera aceite hirviente, denso, que cayera despacio sobre cúpulas, espadañas, torres, blancas azoteas, tejas cubiertas de líquenes secos entre las que se alzan esqueletos de jaramagos y bloques de pisos que gimen deplorando la soberbia babélica de quienes alzaron edificios y abrieron avenidas ignorando que durante siglos esta ciudad se defendió de su implacable enemigo apretando su bajo caserío hasta convertir las calles en sombrías y frescas trincheras.

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