opinión

Manuel Barea

El dinero, el azar y el desorden

NO importa quien seas, en algún momento te ocurrirá algo con lo que no contabas -la empresa en la que trabajas se ha ido al carajo o los cinco números que llevas en tu cartera coinciden con los que ayer cantaron los niños Johan y María José- y tu vida cambiará para siempre. Hoy hay que hablar de lo segundo, de lo primero llevamos largando no se sabe el tiempo, y tampoco se vislumbra cuándo dejaremos de hacerlo. Lo primero ya le ha tocado a demasiada gente. Lo de ayer, la lotería, sólo a unos cuantos. Y el Gordo aún a menos: Grañén (Huesca), en la comarca de Los Monegros. Unos 2.000 habitantes.

En la administración número 1 de ese pueblo se han fundido las probabilidades matemáticas que manejan los científicos. Igual que una bomba de neutrones. Ya nada es igual. De una enorme panza salió el 58268 y las vidas de unos se enderezarán y las de otros se torcerán en Grañén. Pero hoy todo es felicidad, o eso a lo que hemos decidido darle ese nombre. Una mujer de 39 años, Yolanda, dijo a los reporteros de la radio que salieron disparados para Grañén, alcachofa en ristre: "Voy a disfrutar de la vida". ¿Qué iba a decir en ese momento? ¿Qué diríamos cualquiera, narcotizados por el chute de júbilo que nos provocaría esa sobredosis de millones?

No se cuenta en ese momento con el azar y lo que nos deparará, aunque por él ese número mágico haya sido el nuestro y la clave que nos abra la puerta para "disfrutar de la vida", lo que nos quede de ella, el mismo azar que avería las tripas del avión en el que vamos a hacer ese viaje que siempre soñamos y del que ahora somos parte del pasaje, ya en la puerta de embarque, gracias al pelotazo del Gordo. Obviamente nadie, excepto un angustias, un penas o un triste aguafiestas al que a su lado Calimero sería el compinche de farras de Jarabo, tiene la ocurrencia de recordar en estos instantes que el azar es también una "desgracia imprevista".

Ayer tocaba la otra acepción: la buena, la de la dicha que trae consigo la pura casualidad, la verdadera atracción de un juego de azar, como la lotería, cuyo resultado no depende de la habilidad ni de la destreza de los jugadores. "¡Es mi número, es mi número!", puede gritar cualquiera, sea quien sea, en medio del vértigo, apabullado por la fiebre de una cifra millonaria descomunal que no podía imaginar un segundo antes de que lo cantaran los niños de San Ildefonso y que inaugura un desorden emocional que brota de algo tan meticuloso, estricto y reglado en su organización como es el Sorteo de Navidad, la Gran Misa Ludópata oficiada por el mismísimo Estado.

Y en esa ceremonia de cada 22 de diciembre todos los feligreses buscamos eso que nos han inculcado que es la felicidad, algo que está detrás de cada uno de nosotros, lo que pasa es que cuando te vuelves descubres una inmensa cola de semejantes esperando su turno, también mirando para atrás, a su espalda, igual que tú. Como buscando.

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