En tránsito

Eduardo Jordá

La edad de la inocencia

UN amigo mío, el vasco José María Aguirre, que estuvo cuatro años y medio en el campo de exterminio de Mauthausen, solía contar que muchos de los guardias de las SS eran chicos muy jóvenes. Y muchos de los tipos que protagonizaron las matanzas de nuestra Guerra Civil también eran muy jóvenes. Es cierto que los 17 años de 1936 -o de 1943- no tienen nada que ver con los 17 años de un joven actual. En términos de experiencia vital, un adolescente de 1936 había vivido cinco o seis vidas actuales. Si pertenecía a una familia humilde, había visto nacer a alguno de sus hermanos, y había visto morir a sus abuelos -o incluso a sus padres-, y hasta es posible que hubiera visto matar a alguien en una pelea o en una riña de borrachos. Y seguro que había trabajado duro desde que tenía diez años, y había comido poco y mal, y había tenido que aprender a soportar las incomodidades. Y lo mismo puede decirse de un adolescente africano o de cualquier otro lugar del Tercer Mundo. ¿Cuántos años son los 17 años de un narco de Ciudad Juárez?

No sé los años que tiene el pirata somalí apresado en aguas del Índico, pero es un poco raro que un juez lo haya puesto en libertad sólo porque no se pueda calcular su edad. Ese joven llevaba armas y había tomado parte en un secuestro, y aunque es probable que sea un tipo inofensivo -y hasta buena persona-, también es probable que no hubiera vacilado ni un segundo si le hubieran dado la orden de matar a alguien. Y cualquiera de nosotros, si estuviéramos en sus mismas circunstancias, podría haber hecho lo mismo. Pensemos en lo que seríamos capaces de hacer -ojalá no ocurra nunca- si pudiéramos salvar nuestra vida, o la de nuestros familiares, matando a otra persona. Aquí, en las sociedades desarrolladas, nos creemos muy seguros de nuestros actos, pero bastaría con que desaparecieran durante tres días los policías y los carniceros de la esquina -es decir, las miradas inquisitivas que nos exigen un comportamiento respetable-, para que ninguno de nosotros estuviera en condiciones de saber lo que sería capaz de hacer. Eso fue lo que pasó aquí en el verano del 36. Y eso pasó en Ruanda, en la primavera de 1994. Y en Bosnia, entre 1992 y 1996. Y en tantos y en tantos sitios.

Por eso es ingenuo creer que se pueda aplicar nuestra legislación a situaciones que no tienen nada que ver con nuestras condiciones sociales. Un Estado civilizado está obligado a actuar con un respeto escrupuloso a la ley, pero no puede ser iluso ni mucho menos idiota. Si alguien ha sido capturado armado hasta los dientes, mientras participaba en un secuestro marítimo, habrá que pensar en aplicarle una legislación diferente, tal vez militar, pero no se le puede dejar libre así como así. ¿O es que nos hemos vuelto tontos?

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