la tribuna económica

Joaquín Aurioles

El efecto Obama

NADIE, en ninguna parte del mundo, puede declararse indiferente ante las consecuencias económicas de la reelección de Obama. Ni siquiera a las políticas de orden interno, como la reforma sanitaria, en la que el reelegido presidente pretende profundizar y que Romney esperaba detener, o la energética, que Obama quiere llevar hacia el terreno de las renovables, con la declarada finalidad de eliminar las importaciones de petróleo a largo plazo. Enfoques radicalmente diferentes que se repiten en otras cuestiones como las leyes sobre inmigración, de notable trascendencia, según los analistas, en el resultado electoral, o las relaciones con la Reserva Federal y su programa de "facilidades cuantitativas". Obama lo ha defendido repetidamente como estrategia para la recuperación de la economía, mientras que Romney había declarado su intención de desembarcar con un ejército de auditores y ponerlo todo patas arriba. Un terreno propicio para el enfrentamiento doctrinario en el que los demócratas defienden que una inyección de 40.000 millones de dólares mensuales por tiempo indefinido y el compromiso de mantener los tipos de interés en el entorno de cero hasta 2015 ayudará a la recuperación del empleo y la actividad, mientras que los republicanos desconfían de sus consecuencias inflacionistas a largo plazo. Por esta razón la intención de su candidato era aprovechar la primera oportunidad que se presentase para cambiar al actual presidente de la Fed, Ben Bernanke, por otro de corte más ortodoxo y comprometido con la estabilidad de la economía a largo y el control de la inflación. La cuestión es de una enorme trascendencia para todo el mundo porque afecta a la liquidez internacional y porque decidirá si Estados Unidos podrá a desempeñar el papel de locomotora que concedería un crecimiento en el entorno del 2%.

Demócratas y republicanos también difieren en la valoración de sus efectos sobre el dólar. Los primeros consideran que en una época de dificultades como la actual es preferible una moneda débil que contribuya a mejorar la competitividad exterior de su economía, pero los republicanos temen que la reputación de la divisa continúe deteriorándose, hasta el punto de disuadir a los inversores en deuda norteamericana. Si esto ocurriera y hubiese que subir los tipos de interés, significaría que el programa de facilidades cuantitativas habría llegado a su fin de forma abrupta. En todo caso, el principal desafío que tendrá que afrontar Obama a corto plazo se conoce con el nombre de "precipicio fiscal", que es como el presidente de la Reserva Federal denominó a la subida de impuestos y recorte de gastos durante una década, que se iniciará a partir de enero. Es la condición que impuso el Congreso al presidente en agosto de 2011 para autorizar la elevación del techo de endeudamiento. Las presiones internacionales para que se renegocien las condiciones y se evite el compromiso se multiplican ante la inminencia de su entrada en vigor, y la razón es evidente. Un recorte de 700.000 millones de dólares puede llevar a la economía norteamericana otra vez a la recesión y arrastrar en su caída a la del resto del mundo.

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