Fede Durán

No te engañes, Italia

LA parte buena es que Italia nos admira. La suerte ha redistribuido sus lluvias y ahora es aquí donde luce el sol y tañen las campanas. O eso piensan al otro lado del Mediterráneo. Tal vez sólo buscan algo de esperanza en patio ajeno. Lógico. Allí están Berlusconi y Mastella, Bossi y Fini, las basuras libres de Nápoles y hasta la rodilla demolida de Ronaldo. El consumo cae, los sueldos racanean y la brújula macroeconómica invita al inversor extranjero a largarse a países menos atolondrados.

Pero lo más triste y pazzo es el propio sistema político, diseñado en la penúltima legislatura por los nacionalistas de la Liga Norte (¿alguien se imagina al PNV o CiU condicionando de esta forma los resortes de poder del país?) para enredar hasta el delirio y, de hecho, propiciar una brutal parálisis en demasiados ámbitos. A Berlusconi eso le importa poco porque las encuestas le dan la copa victoriosa. La izquierda, sin embargo, suspira en busca de una reinvención de la mano de Veltroni, uno de los mejores alcaldes de la historia de Roma. Si Può Fare [se puede hacer], reza su lema, inspirado en el Yes, we can de Obama. Para acumular moral y ganas, esta gente, en mayor medida que sus rivales conservadores, se mira en el espejo de Zapatero.

Y aquí llega la parte mala. Es cruel apisonar las ilusiones de un niño (político), pero, disculpen, vecinos y hermanos, España no es la panacea. Lamenta Riccardo Pedrazzoli, talentoso arquitecto de la también talentosa Bolonia, que el amor por la polémica es el opio de su pueblo a todos los niveles. ¿Acaso esto es distinto? ¿No polemizan Rajoy y Zapatero? ¿No amenazan los partidos periféricos? ¿No se pasa del infierno al paraíso en función de qué descripciones se atiendan?

Si el voluntarioso admirador italiano rasca un poco y supera el embeleso de la superficie, descubrirá paralelismos. Allí padecen la cosa nostra, pero aquí aún existe ETA. Dicen que hay precariedad laboral, que los jóvenes cobran poco. Que vengan y comparen. Luego está el espectro separatista. Ríanse de sus sufrimientos ante el tamaño de los nuestros. Bueno, lo que de verdad pesa es la economía, objetan. Claro que pesa, pesa tanto como el ladrillo, que curiosamente no es un material flotante sino bastante inclinado al hundimiento cuando diluvia. Y, sobre todo, señoras y señores del país de la bota, sean realistas cuando confronten líderes. Es casi imposible ser peor que Berlusconi, pero esta tierra ha fabricado figuras a su altura, varias todavía en activo. De todas formas, gracias por los piropos.

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