Las escaleras de incendio

La Esperanza de vida. El autor relata el momento indescriptible de la llegada de la Virgen Macarena hasta el hospital que lleva su nombre en la procesión del pasado septiembre

DIFÍCIL será borrar de nuestro recuerdo el día 18 de septiembre del año 2010, cuando la Virgen de la Esperanza fue trasladada al Estadio Olímpico para presidir la ceremonia de Beatificación de Madre María de la Purísima.

Los momentos vividos fueron muy intensos e incluso, en algún instante, nuestros sentimientos fueron encontrados. El resultado final no pudo ser otro que el de la satisfacción de las cosas bien hechas y el deber cumplido. Se hizo lo que se debía hacer.

Pero, al menos para nosotros, el momento más inolvidable de cuantos vivimos aquél sábado de septiembre en el que otra Hermana de la Cruz subía a los altares no fue cuando la Virgen cruzó el río por primera vez por el lugar donde sus aguas se hacen macarenas, tampoco el amanecer en el Parque del Alamillo con los verdes reflejos de la inmensa arboleda, ni la fuerte impresión de la Virgen en el túnel de acceso al estadio con el estruendo del eco sonoro de la banda de Salteras -¡qué forma de tocar y no parar!-, ni cuando Ella apareció majestuosa en el césped del estadio creciéndose conforme lo cruzaba, ni tan siquiera cuando se detuvo ante las hermanas mientras sus celestiales voces entonaban una entrañable habanera, ni tampoco cuando coronó la rampa de acceso al altar de la beatificación y quedó parada ante los miles de fieles que la aguardaban con impaciencia.

Lo que jamás en nuestras vidas podremos olvidar de ese día fueron las escaleras de incendio del hospital que lleva su nombre.

Antes de que la Virgen alcanzara su puerta principal, cientos de enfermos y familiares abarrotaban dichas escaleras esperando encontrar en las mismas la verdadera salida de emergencia de sus vidas: la Esperanza.

La Virgen se acercaba hasta el hospital en busca de todos, de los que bajaron a recibirla en el acceso principal, de los que no pudieron llegar nada más que a las escaleras, de los que se tuvieron que conformar con asomarse tras los cristales de las ventanas, de los que ni tan siquiera pudieron asomarse, e incluso también, claro que sí, de los que no quisieron hacerlo. Entonces fue cuando comprendimos por qué la Virgen salió sin palio.

Su llegada provocó un sobrecogedor silencio en todos los que la esperaban. Sabíamos perfectamente que las personas que se asomaban carecían de todo lo que nos sobraba a los que disfrutábamos de Ella en la calle. Acercándose hasta la misma escalera de acceso al hospital, llevó su inigualable rayo de vida hasta ellos, convirtiéndose en la más inesperada y querida de las visitas.

De entre todas las historias que se vivieron, permítannos que les narremos una en particular. Hay personas que llenan la vida de los demás y convierten su existencia en una alegría para los que los rodean. Tienen ese don particular y lo utilizan, que es lo más complicado. Ese es el caso de Lali, una chica joven que conocíamos desde hacía mucho tiempo y que siempre profesó un Amor con mayúsculas a la Virgen de la Esperanza. Ella estaba allí esa noche, acompañada por su esposo, Antonio, quien constantemente permaneció a su lado en aquellos meses de enfermedad. Llevaba tiempo queriendo ir a la basílica, pero en los últimos días la evolución de su dolencia la dejó postrada en la cama sin poder andar. Sin embargo, bendita casualidad, la Virgen iba a ir a visitarla. El médico, no sin resistencia, firmó el permiso necesario y esa noche pudo sentirla más cerca que nunca, pues tal y como ella lo relató "estaba a mi misma altura". Ése fue el momento justo, el instante en el que la Virgen le proporcionó ese aliento de "Vida, Dulzura y Esperanza nuestra".

Y es que no sólo llenó a todos de su cercanía física, que ésa siempre nos invade cada vez que nos cruzamos con su mirada; fue sobre todo una cercanía de espíritu, una paz que seguro infundió a todos los presentes y, aun más, a los enfermos y a sus familias.

Doce días después de que la Virgen la visitara, prácticamente a la misma hora en que se despidió de Ella, Lali se fue al Cielo a devolverle la visita y comprobar cómo después de este destierro le mostró para siempre a Jesús, fruto bendito de su vientre "a su misma altura".

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