desde el fénix

José Ramón Del Río

El ex juez Serrano

EN enero de 2010 escribí de este juez, que entonces lo era, comentando las furibundas críticas que había recibido por atreverse a cuestionar la ley contra la violencia de género. No le perdonaron sus observaciones sobre que el plan de igualdad tenía un presupuesto superior en siete veces al del Ministerio de Trabajo y, sobre todo, que dijera que mientras él persigue el maltrato, otros u otras viven de él. Ahora tengo que volver a escribir de él, si bien añadiendo al título el "ex" indicativo de que ya no es juez. Y no lo es porque el Tribunal Supremo, en una sentencia votada por tres de los componentes de la Sala y de la que discrepan los otros dos, ha agravado la condena que en su día le impuso la Audiencia, hasta los diez años de inhabilitación -lo que conlleva la expulsión de la carrera judicial- por considerar que prevaricó dolosamente, al alterar el régimen de visitas de un menor para que éste pudiera salir, conforme a sus deseos, en una cofradía de la Madrugada sevillana.

El Tribunal Supremo ha tenido que explicar su sentencia en una nota de prensa, algo que es realmente inusitado y se justifica por haber endurecido la sentencia de la Audiencia, porque estima que la actuación del juez no fue meramente culposa, como aquélla había entendido, sino dolosa. Sus explicaciones pueden ser consideradas razonables, aunque para mí no convincentes. Lo que está fuera de lugar y parece un sarcasmo es que termine su explicación diciendo que si la pena es de 10 a 20 años, se le ha impuesto en su límite inferior, como si al condenado a muerte le consolara que sólo le condenan a morir una vez cuando le podían haber condenado a morir varias veces. Expulsándolo de la carrera judicial, como antes hicieron con Garzón, da la impresión que se ha buscado el empate y se iguala la trascendencia de la violación del derecho de defensa con la alteración, en un día, del régimen de visitas.

La Semana Santa procesional es una de las señas de identidad de Andalucía. Ninguna otra manifestación popular concita más adhesiones. Si a un niño de otras regiones de nuestra plural España le hubieren cuestionado su asistencia a una tradición propia, por ejemplo, hubieren impedido al niño que remata los castillos humanos hacer de anxaneta, los que deben hablar no se hubieran callado. Saber que su salida procesional ha sido a costa de que la persona que se la facilitó haya perdido su carrera no debe ser agradable para el menor y, sin duda se preguntará por qué su madre no tuvo bastante con el castigo que al juez le impuso la Audiencia de dos años de inhabilitación e interpuso un recurso para agravar su condena y echarlo de la carrera.

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