La tribuna

Gumersindo Ruiz

El festival de la globalización

EL Foro Económico Mundial, que se celebra en la ciudad suiza de Davos desde hace cuarenta años, ha concluido proporcionándonos la ingente cantidad de discusiones, entrevistas, anuncios y propuestas de siempre, sobre el estado del mundo y cómo arreglarlo. Pretender abarcar tanta información sobre tantos temas es como querer beber agua de una manguera de bomberos. De los aproximadamente 2.500 asistentes, la mitad son empresarios, y el resto líderes políticos, de organizaciones no gubernamentales, de la universidad y los medios de comunicación.

Cuando esta variopinta gente se reunía hace un año, las perspectivas del mundo eran catastróficas. Sin embargo, sólo un año después se perciben dos sensaciones en el ambiente: un cierto alivio al ver que el sistema económico no se ha hundido, y miedo ante las incertidumbres que aparecen en el mundo. La euforia ilimitada en el progreso y confianza en el funcionamiento del sistema socioeconómico y político, representado por los países de mayor riqueza, ha dado paso a nuevos países poderosos, los llamados BRIC (Brasil, Rusia, la India, China), que presentan alternativas inquietantes al orden mundial.

China combina un régimen político autoritario y una economía de mercado con pretensiones de dominio mundial; Rusia despierta recelos por la falta de transparencia de su forma de actuar en política y economía; Brasil abre una perspectiva nueva para Latinoamérica y una forma moderna de competencia en los mercados de bienes y servicios; y la India, una democracia política, tiene una economía que crece de manera estable, pero que no resuelve diferencias sociales y conflictos seculares.

Hasta ahora la hegemonía de Estados Unidos y el contrapoder de Europa y, en cierta medida, Japón, parecían garantizar un cierto equilibrio en el funcionamiento de los asuntos mundiales. Era lo malo conocido, frente a los nuevos poderes que aparecen en el mundo. Es lógico que haya cierta ansiedad ante potencias que no se perciben capaces de dar solución a los problemas del mundo, sino como nuevas fuentes de conflicto. El reciente papel de China, país con el mayor volumen de emisiones contaminantes, bloqueando cualquier posible acuerdo en la cumbre reciente sobre el calentamiento y cambio climático, es muy representativo de lo que decimos.

Todas estas preocupaciones han tenido cabida en Davos, junto al problema de los estados que no funcionan, los que se endeudan de forma desproporcionada y presentan una posible insolvencia, la distribución desigual del ahorro y el consumo, la piratería, la enfermedades y pandemias, el calentamiento global y los desastres naturales, la presión sobre los recursos y materias primas, el precio de los alimentos y la energía, el hambre y la pobreza, el terrorismo, los conflictos armados, la fragilidad del sistema financiero y el problema de los préstamos, la tecnología y las nuevas producciones y servicios.

El presidente Rodríguez Zapatero ha ido a Davos a defender la solvencia de España, nuestra capacidad para salir de la crisis y hacer frente a nuestra deuda, generando como siempre buenas oportunidades de inversión. El primer ministro turco Erdogan y Simon Peres, de Israel, mantuvieron un durísimo enfrentamiento; Erdogan ha sido recibido en su país como "líder del mundo", mientras la oposición le acusa de dar alas a los grupos palestinos extremistas. Se ha celebrado en Davos que la Copa del Mundo de fútbol va a tener lugar en Suráfrica, lo que se considera un hito histórico. Y Bill y Melinda Gates han anunciado un programa de 10.000 millones de dólares para lo que llaman: "década de las vacunas", que pretende erradicar algunas de las peores enfermedades del mundo.

El título del Foro, Compromiso para mejorar el estado del mundo, es ambicioso, pues se trata no sólo de pensar la forma en que organizamos la actividad económica, sino de rediseñarla y reconstruirla. "El festival de la globalización", como lo ha llamado el periodista Gideon Rachman, ya no se parece a aquellas reuniones de hace años que duraban dos semanas, y a las que acudían los participantes con sus familias. La nueva realidad impone un aire más austero al lugar de moda que, supuestamente, inspiró a Thomas Mann su novela La montaña mágica. Si no magia, Davos sigue teniendo el atractivo de los famosos que allí acuden, pero a pesar de la importancia del Foro cada vez se aprende menos de estos eventos, porque la gente no es interesante por lo que dice sino por lo que hace, y aquí, como en tantas reuniones, salvo algunas excepciones como es el caso del matrimonio Gates, sobran palabras y faltan acciones para este mundo cada vez más incierto en que vivimos.

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