La tribuna económica

Rogelio / Velasco

La fiesta se acabó, según 'The Economist'

CONSIDERADO un país de segunda categoría que, excepto en los campos de la pintura y la literatura, no ha aportado nada al mundo en los últimos 500 años, no resulta extraño que la prensa internacional nos haya tratado con desdén hasta fechas recientes. Esta visión cambió hace ahora tres años, cuando el semanario The Economist publicó el último informe sobre España.

Esta semana lo ha vuelto a repetir y, aunque el título que encabeza este artículo refleje el mismo que el del semanario británico (y el toro de Osborne aparezca en la portada con un cuerno roto), la valoración que realiza de lo que hemos hecho no puede ser más encomiástica. Pero junto a las luces, señala también las sombras; los retos y dificultades que nos aguardan.

La descentralización ha permitido a las administraciones estar más cerca de los ciudadanos y reducir las diferencias regionales de renta. Pero alerta frente a la fragmentación de un mercado que cuenta con 18 parlamentos y al ahínco con que cualquier iniciativa de uno ellos es replicado 17 veces, ya sea en la creación de conservatorios o en la promoción exterior del territorio.

Como otros medios internacionales, alaba la fortaleza del sistema financiero y la prudente gestión del Banco de España durante los años pasados, yendo a contracorriente de lo que la City de Londres y Wall Street estaban practicando. Pero señala la excesiva concentración de riesgos en el sector inmobiliario y la espectacular caída de éste. También se hace eco del tan repetido cambio de modelo productivo y de las dificultades que encontramos para cambiar del ladrillo al chip.

Pero es en el capítulo de las multinacionales en donde el informe muestra mayor reconocimiento a la extraordinaria transformación de la economía. Desde las mayores plantas solares del mundo en EEUU (una de ellas de Abengoa), a la gestión del aeropuerto de Heathrow, la expansión del Santander o el perfil internacional de Telefónica, el informe hace un reconocimiento a la calidad de los directivos y a la experiencia internacional adquirida en sólo unos años.

Pero también alerta frente a dos puntos débiles que jalonan nuestra forma de hacer y de ver nuestro propio país. La primera, el peligro que corremos al estar continuamente mirándonos a nosotros mismos: el Gobierno central utilizando una desproporcionada energía en sus relaciones con las comunidades y los enfrentamientos entre éstas por distintos motivos. Mientras el mundo se hace cada vez más pequeño y las cosas discurren a mayor velocidad, hacemos nuestras relaciones más endogámicas.

Y la política exterior. El autor afirma que lo realizado en los últimos años parece más la obra de una gran ONG que la de un país que aspira a tener un alto perfil internacional. El informe es halagador y optimista, pero cierra con unas recomendaciones finales: que los ciudadanos y los políticos miren más al exterior y que tengamos una idea más clara de nuestro país y la defendamos fuera de nuestras fronteras.

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