La tribuna económica

Rogelio / Velasco

El futuro económico de América

CUANDO estamos pendientes de conocer quién será el próximo presidente de EEUU es bueno conocer también cómo planean afrontar los candidatos los problemas económicos durante los próximos años.

Ambos están de acuerdo en que los principales problemas de la economía norteamericana convergen en tres principales. Primero, aumentar la capacidad del tejido productivo para generar empleo. Segundo, colocar la trayectoria de las finanzas públicas en una senda que sea sostenible a medio plazo, evitando una crisis fiscal fuera de control. Y tercero, que la prosperidad que se genere no se concentre sólo en las rentas más altas, sino que disperse sus beneficios por la amplia clase media.

Pero reconocidos los problemas, se abre un abismo entre las medidas de política económica que los dos posibles presidentes proponen. Obama puso ya en marcha durante su primer mandato medidas de estímulo a la demanda para acelerar el crecimiento. Recientes investigaciones demuestran que las medidas de expansión del gasto y de mantenimiento de los recortes de impuestos de Bush han tenido un efecto positivo sobre el crecimiento y el empleo. En concreto, el empleo ha crecido entre 1 millón y 3 millones más de lo que lo hubiese hecho si no se hubiesen adoptado las medidas expansivas. Este comportamiento viene a confirmar lo que se ha contrastado en otras geografías y circunstancias: que los multiplicadores fiscales son especialmente elevados cuando la política monetaria encuentra un suelo con tipos de interés próximos a cero. Los compromisos fiscales adquiridos, junto al crecimiento, permiten prever una estabilización del endeudamiento. Además, promete revisar la fiscalidad de las rentas del capital para acabar con situaciones paradójicas en las que rentas de capital cien veces mayores que las del trabajo, pagan menos impuestos.

Romney, por el contrario, propone una vuelta a la ortodoxia monetaria y fiscal. Quiere parar cuanto antes la intervención de la Reserva Federal evitando la compra de activos públicos y privados para inyectar liquidez. Promete, además, una reducción de impuestos a la clase media en paralelo a una fuerte contracción del gasto público, excepto para gastos de defensa.

Una visión de la economía en la que se deposita toda la confianza en la capacidad del sector privado para generar crecimiento y empleo, sin las palancas monetarias y fiscales que la impulsen. Este modelo de crecimiento puede funcionar cuando la economía crece a una velocidad de crucero. No es el caso ni de la economía norteamericana ni de ninguna otra occidental. El crecimiento es débil, las expectativas inciertas, la volatilidad elevada y los países emergentes están mostrando síntomas de agotamiento. Si el gobierno se queda cruzado de brazos y se eleva el déficit fiscal - que es lo que ocurría con las propuestas de Romney- todo este panorama descrito sufriría un notable empeoramiento, con menor crecimiento y expectativas más volátiles.

Desde la Gran Depresión de 1929, nunca ningún gobierno se ha quedado cruzado de brazos durante un periodo de crisis profunda. Ese modelo, es un modelo fracasado. Esperemos que la lección se haya aprendido.

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