la tribuna

Francisco J. Ferraro

El futuro previsible

EN el mar de incertidumbres en el que viene navegando la economía española en los tres últimos años el estado de ánimo colectivo se ha visto afectado por las cambiantes perspectivas: lo mismo nos hundíamos en el pesimismo tras un aumento de la prima de riesgo de nuestra deuda, por un nuevo aumento del paro o por algún rumor sobre la insolvencia presunta de alguna entidad financiera, que nos animábamos con algunos datos de recuperación coyuntural del mercado de trabajo u otro indicador económico positivo. Las previsiones económicas de los pasados años han sido tan erráticas y sometidas a tantos condicionantes que se ha ido perdiendo la confianza en su capacidad de anticipar el futuro. Sin embargo, conforme se ha ido avanzando en la crisis y el diagnóstico se ha ido afinando, las previsiones se han ido ajustando más a la realidad.

En las últimas semanas se han hecho públicas distintas previsiones sobre la economía española que se caracterizan por una elevada coincidencia: tanto el FMI como la OCDE, la Comisión Europea, Funcas y otros analistas españoles prevén un crecimiento del PIB para 2011 entre el 0,8% y el 0,9%, y lo elevan en torno al 1,5% para 2012; sólo el Ministerio de Economía y Hacienda discrepa con una previsión del 1,3% para este año y del 2,3% para 2012. Tan restrictivas previsiones de crecimiento vienen determinadas por el estancamiento de la demanda interna y por el coste de los ajustes. En cuanto a la demanda interna, el paro y el endeudamiento familiar impedirán un aumento significativo del consumo, mientras que las posibilidades de inversión se verán lastradas por las restricciones crediticias a las empresas y el ajuste del gasto en todas las administraciones públicas.

Por otra parte, los ajustes (fiscal, del sistema financiero y del mercado inmobiliario) aún no han concluido, y su implementación restará más posibilidad al crecimiento; en particular, el Programa de Estabilidad y Crecimiento 2011-2014 que el Gobierno ha enviado a Bruselas marca las líneas restrictivas de la política fiscal, que prevé reducir el déficit público hasta el 2,1% del PIB en 2014. Por tanto, el consenso de las previsiones económicas nos informa de que la recuperación económica está en marcha, pero que será más retrasada y menos intensa que en la generalidad de las economías desarrolladas, lo que impedirá reducir significativamente el paro este año y el próximo, y volver a tasas semejantes a 2007 exigirá del orden de un década (hasta 2014 según las previsiones de la OCDE).

En este contexto es lógico que los ciudadanos se pregunten si es posible abordar algunas políticas para intensificar el crecimiento previsto. Dado el estrecho margen de maniobra de la política fiscal y la inexistencia de políticas monetaria y de tipo de cambio autónomas, la posibilidad de políticas macroeconómicas expansivas está descartada a corto plazo gobierne quien gobierne, aunque es posible acelerar ligeramente el proceso de recuperación si se producen algunas de las siguientes circunstancias: 1) Dadas las restricciones de la demanda interna y la recuperación económica internacional, un aumento de las exportaciones como el último trimestre permitiría intensificar el crecimiento; 2) Si se acelera el ajuste inmobiliario (para lo que sería conveniente reducir aún más los precios de las viviendas), podría iniciarse la recuperación de la construcción, lo que generaría empleo y efectos multiplicadores en otras actividades; 3) Cuanto más rápido se produzca el ajuste fiscal más rápidamente se recuperará la confianza internacional y disminuirá el coste de refinanciación de la deuda; 4) Si se recupera la confianza, las familias con recursos y las empresas pueden aumentar el consumo y la inversión con mayor intensidad; 5) Si aceleramos y profundizamos las reformas pendientes (muy singularmente la del mercado de trabajo, pero también la del sistema financiero y la de las administraciones públicas), antes pondremos unas bases más sólidas para la expansión del futuro.

Pero si bien los comportamientos anteriores pueden aumentar el crecimiento previsto, también existen riesgos potenciales que pueden condicionarlo a la baja en los próximos años. Algunos externos, como las posibilidades de contagio por la incapacidad de Grecia o Portugal de hacer frente a sus deudas o un aumento notable del precio del petróleo, y otros riesgos internos, como la posibilidad de convulsiones sociales o políticas o, lo más preocupante, el incumplimiento de los planes de ajuste fiscal (muy especialmente por parte de las comunidades autónomas).

Un futuro no muy optimista, aunque tampoco catastrófico, pues si bien estamos divergiendo con las economías europeas y mantendremos un nivel de paro elevado los próximos años, cuando menos parece que la recuperación va adquiriendo solidez. En cualquier caso, esto es lo que nos espera los próximos años, y lo sensato es adaptar los comportamientos individuales a este escenario.

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