hoja de ruta

Ignacio Martínez

Un hallazgo lingüístico

ZAPATERO se enamoró de las energías renovables y Rajoy les ha quitado las primas. La España de Cánovas y Sagasta ¡existe! Aunque ahora en vez de funcionarios cesantes, tenemos leyes cesantes. Sin ánimo de hacer inventario, el Gobierno se dispone a reformar asuntos trascendentes como el bachillerato, las designaciones en el Tribunal Constitucional y Consejo General del Poder Judicial, la legislación laboral o el aborto. Algunas de esas cuestiones tienen un claro matiz ideológico o estratégico y es natural que se note el cambio de Gobierno.

Pero en otras materias es notoria la necesidad de acuerdos de Estado entre los grandes partidos. Por ejemplo, la energía. Asunto tan capital, que debería formar parte de la seguridad nacional. España tiene un importante déficit de abastecimiento energético, equivalente de tres cuartas partes de su consumo. El anterior Gobierno, con inocente alegría, estableció la ecuación renovable-es-bueno. Y se lanzó a remunerar tecnologías incipientes con primas desorbitadas. La primera hornada fotovoltaica acumuló una gratificación de 2.000 millones de euros anuales, durante 25 años. Una hipoteca; en ese periodo instalaciones mucho más modernas y eficientes competirán con las nacionales en eficiencia y coste.

El nuevo Ejecutivo ha suspendido las primas a renovables, porque el conjunto de las energías solares, hidroeléctrica, eólica y biomasa ha recibido el año pasado unos 6.500 millones de primas. No se trata de subvenciones; los consumidores las pagan en la factura. Ahora la ecuación es de nuclear-es-bueno. Es lamentable este vaivén; que el país sea incapaz de elaborar una política energética nacional consensuada. Y además, que resuelva el llamado déficit de tarifa, heredado de la liberalización del sector por el Gobierno de Aznar en 1997. Las compañías eléctricas pretenden que no están cobrando el servicio a los costes reales. Pero el entero sistema es una ficción. Todos los kilovatios se pagan al mismo precio, el del proveedor más caro. Sin embargo, una central nuclear amortizada tiene un coste de producción muy inferior al de un moderno molino de viento. Mientras no se aclare todo eso, el déficit tarifario no dejará de ser un hallazgo lingüístico.

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