Las dos orillas

josé Joaquín / león

La herencia del pasado

EL régimen de Franco estuvo vigente en España durante 36 años, si contamos los comprendidos entre 1939 (con el final de la Guerra Civil) y 1975 (cuando muere). El régimen democrático de partidos está vigente en España también desde hace casi 36 años, si contamos los comprendidos desde las primeras elecciones parlamentarias de 1977 (aunque el rey Juan Carlos asume la Jefatura del Estado en noviembre del 75). Es curioso que, a pesar de haber transcurrido ya en democracia el mismo tiempo que duró el régimen franquista, todavía los hábitos de gran parte de la población y un amplio sector de la clase política son los mismos de otros tiempos.

Un ejemplo es la corrupción. Hoy, como antes, sigue habiendo personas que se colocan en los puestos de poder para enriquecerse y montar mafias. Hoy, como ayer, se dice que son unos sinvergüenzas que se aprovechan de la confianza que se les ha dado, pero que Franco (o el líder de turno) no se había enterado; y en cuanto descubren que hay una manzana podrida, la apartan y cae sobre ellos el peso de la Justicia, que es neutral como se sabe, y por eso no se pelean unos jueces con otros.

Por el contrario, muchos ciudadanos de antes, como muchos de ahora, piensan que en política sólo se meten los sinvergüenzas y que casi nadie honrado se dedica a eso. En el poder sólo entienden de influencias, mangoneos y paripés con las elecciones. De vez en cuando, aparecen unas urnas, o se convoca un referéndum amañado. También salen algunos que son partidarios de pedir el voto en blanco. Dicen que es una manera indignada de protestar (¿o de tirar el voto a la basura?).

Hoy, como en los tiempos de Franco, nos dividimos en las dos Españas, incapaces de entenderse. Esto ya lo escribió Antonio Machado, que era rojillo, a diferencia de su hermano Manuel, que era azulón. Este país es tan dado a dividirse que eso pasa hasta en las mejores familias. Por supuesto, si una España dice rojo la otra dirá azul, y si una quiere blanco la otra pedirá negro. Recientemente, decía el escritor holandés Cees Noteboom que cuando en España unos dicen Real Madrid, otros contestan Barcelona. Cristiano o Messi, las dos divinidades del balón, son otro símbolo de este país, siempre roto por la mitad, que unas veces discute, otras se pelea y, a unas malas, incluso se monta una guerra.

El consenso fue una rareza y duró poco, lo que tardaron los otros en llegar al poder.

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