La ciudad y los días

carlos / colón

De igual a igual

ENTRABA la comitiva en San Juan de la Palma. Eran jóvenes voluntarios llevando en sillas de ruedas a unos discapacitados. Uno de ellos sufría carencias tan severas que su estado exigía una pequeña camilla. Los chavales tenían una alegría natural, no forzada; su gesto rebosaba amor, no lástima condescendiente; los más lúcidos de entre los discapacitados mostraban un contento tan natural como el de los chavales que los llevaban a ver pasos y besamanos. No había alarde de caridad ni exhibición de dolores, como si lo que hicieran fuera un penoso sacrificio para demostrarse a sí mismos y a los demás que eran buenos cristianos, sino amor puro y desinteresado. Así obraba su Maestro.

La cercanía entre el Señor despreciado y los discapacitados era conmovedora. Él era como ellos y ellos eran como Él: víctimas inocentes. Era difícil no reprocharle que hubiera permitido que estas desgracias cayeran sobre tan inocentes e indefensas personas. Pero, ¿cómo hacerlo si Él parecía tan herido, inocente e indefenso como ellos? Compartiendo nuestro dolor el Nazareno nos dejó sin argumentos para litigar con Dios. Persiste el escándalo ante el sufrimiento de los inocentes. Pero ante el Señor despreciado, ¿qué puede decirse? Misterio del Dios sufriente que en Sevilla, sin perder su complejidad teológica, las imágenes hacen tan conmovedoramente comprensible al corazón que tiene razones que la razón desconoce.

Una campaña de Médicos sin Fronteras ha escogido este lema: Lo único capaz de salvar a un ser humano es otro ser humano. Hay quien lo ha interpretado como ateo. Se equivoca. Su coincidencia con el cristianismo es absoluta. Creyentes o no creyentes, sólo nosotros podemos salvarnos los unos a los otros en esta vida. Esto es lo que mandan por igual la ética laica y Dios. No olvidemos la terrible y severa parábola del buen samaritano: honra a Dios y cumple su Ley, sea creyente o no, quien salva a un hombre. No olvidemos el Talmud: quien salva una vida salva al mundo entero. Y no olvidemos el testamento del Despreciado: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

En San Juan de la Palma, esta luminosa mañana de Domingo de Pasión, estaba claro que lo único que puede salvar a un ser humano -que lo es, y plenamente, por severas que sean sus limitaciones- es otro ser humano que alcanza la cumbre de su humanidad al hacerlo. Y la santidad. Santa Ángela, tan de la Amargura, lo sabía bien.

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